El prodigio de la vacunación masiva


Es posible que la presencia de una pandemia que puso en cuestión la omnipotencia de la medicina, en perfecta conjunción con el momento más mediático de la historia, consigan que el show de la vacunación oculte la verdadera entidad del momento que vivimos y las lecciones que encierra. Y por eso enfocaré este artículo sobre la importancia esencial de la industria farmacéutica y sobre los detalles que pueden explicarla.

El pinchazo televisado de ayer tiene cuatro premisas: a) que las pandemias siguen emergiendo con cadencia y dimensiones imprevisibles; b) que el mundo actual ya no puede combatirlas con insostenibles confinamientos que destrozarían sin remedio nuestro sistema de vida; c) que la medicina hospitalaria -que en nuestro subconsciente ya estaba a punto de vencer los grandes retos que nos presentan el cielo y la tierra- apenas puede paliar los efectos devastadores de esta o de similares pandemias; y d) que los únicos recursos que nos permiten avanzar hacia la normalidad, sin inasumibles destrozos, son la capacidad de crear vacunas en tiempo récord (nueve meses ahora, que serán menos en el futuro) y la hasta ahora insospechada capacidad para fabricar y distribuir, con logística excelente, los miles de millones de vacunas que pueden acelerar la inmunidad funcional de la humanidad.

Y eso supone que, salvo en las dos grandes potencias estatalizadas -que nada tienen de envidiables-, tendremos que revisar el discurso que, desde hace años, viene cuestionando uno de los pilares fundamentales de la medicina actual. Las teorías sobre la comercialización de medicamentos, que casi siempre versaban sobre los beneficios de las patentes, y casi nunca sobre las inversiones en I+D+i, nos obligan a pensar qué sería de nosotros si las colosales farmacéuticas que existen hoy no se hubiesen fusionado y organizado en función de los retos que afrontan; si no se hubiesen mantenido en la cima de la investigación y la acumulación de conocimiento básico; y si, en plena pandemia, hubiésemos encontrado a las industrias farmacéuticas desfinanciadas, mal equipadas y sin su impresionante logística de fabricación y distribución.

Lo curioso es que esta experiencia ya se vivió en otras muchas ocasiones, como la aparición de desinfectantes, anestesias y antibióticos (la penicilina que, durante la Segunda Guerra Mundial, salvó más vidas que todo el resto del sistema sanitario), o con investigaciones básicas sobre los alimentos, las cardiopatías, el cáncer y muchas de sus derivadas. Puesto que ya no creemos en la providencia -San Roque ya hizo lo que pudo-, y salvo que seamos más ingenuos aún de lo que parecemos, habrá que empezar a creer en San Pfizer, Santa Moderna y otros santos menores, y mantener -con rigor y estrategia- un sistema que, además de funcionar, y darnos seguridad, lo hace perfectamente. Y dejar que el Estado, en vez de competir por el mercado del medicamento, asuma -además de la formación de científicos y parte de la ciencia básica- su distribución general y solidaria.

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