Pandemia beligerante


Un virus que llegó para quedarse y que le ha cambio a la vida a miles de millones de personas en el mundo confrontándolas ante el dilema ético y moral de salvar la vida o el bolsillo. El SARS-CoV-2 propagado desde Wuhan hace un año ha sido tan devastador a nivel global en términos humanitarios y económicos que en doce meses es ya la peor guerra silenciosa -sin bombas ni artillería- más mortífera desde la Segunda Guerra Mundial.

La pandemia surgió espontáneamente en un momento de crispación en las relaciones internacionales, con crecientes roces geopolíticos y geoeconómicos y una abierta disputa tecnológica entre las potencias dominantes por controlar los nuevos metamercados como el 5G y el Internet de las Cosas.

Si en los últimos veinticuatro meses los expertos consideraban que una guerra comercial cargada de trabas y bombas arancelarias entre Estados Unidos y China era lo peor que podía acontecerle a la economía mundial, el coronavirus evidenció que la imprevisibilidad sigue superando todas las expectativas de los seres humanos.

En el último trimestre del 2019, las únicas preocupaciones inmediatas de los organismos internacionales orbitaban alrededor de dos temas fundamentales: la implementación del brexit -el 31 de enero del 2020- y que tanto EE.UU. como China encontrasen lo antes posible una solución para sus controversias comerciales. Las previsiones acerca del PIB global eran evaluadas con moderado optimismo por parte del Banco Mundial (BM) con un crecimiento estimado para este año del 2,7 %; mientras que el Fondo Monetario Internacional (FMI) proyectaba un 3,4 % y la OCDE lo hacía en un punto intermedio (un 3 %).

La pandemia ha cambiado totalmente el panorama: en la reunión de otoño pasado, el FMI y el BM estimaron en el 4,4 % la caída del PIB global, con una recuperación del 5,2 % para el 2021 condicionada a que en los meses venideros no vuelvan a repetirse confinamientos severos que paralicen de nuevo los sectores productivos y bajo el esquema de campañas de vacunación anticoronavirus efectivas.

Ningún economista, gurú financiero o experto en toma de decisiones empresariales y de inversiones atisbó el año pasado que una pandemia en los albores del 2020 se atravesaría en la vida de los más de 7.700 millones de seres humanos que habitan la aldea global.

Lo que ha pasado este año ha dejado un escenario sombrío de nubarrones con más pobreza, más pobreza extrema, más desigualdad, más inequidad, más desempleo, más exclusión y más hambre.

Se cayó el turismo, el consumo, la demanda interna, los viajes se paralizaron con cuarentenas impensables así como confinamientos estrictos en varios países; y luego llegaron los toques de queda, la prohibición de reuniones sociales, la cancelación de festejos, ferias, congresos, eventos privados, conciertos, espectáculos, hasta los Juegos Olímpicos de Tokio… todo se paralizó y el año se esfumó.

El coronavirus ha dejado una debacle económica que no ha contenido ni los apetitos geoestratégicos de las potencias, ni frenado el rearme militar, ni mucho menos aminorado los roces geoeconómicos; mientras arrecia la competencia en la nueva era espacial.

En la superficie, la pandemia mantiene ocupadas a las personas intentando no contagiarse del SARS-CoV-2 y capeando el vendaval económico; unos recortando sus gastos a más no poder, otros reinventándose y otros más intentando sobrevivir económicamente a través de ayudas y subsidios gubernamentales y al amparo de la benevolencia de las oenegés.

En la profundidad se libra una guerra intensa de ciberataques, con amenazas cotidianas a diversos flancos sensibles denunciados con insistencia por Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, España, Italia, Suiza y otros gobiernos occidentales.

También hay fuertes combates ideológicos, como en los peores años de la Guerra Fría, cuando el frente comunista representado por la URSS y sus economías satélites eran el mayor enemigo a vencer por Occidente. La pandemia es solo parte de este turbio e inquietante escenario internacional.

Por Claudia Luna Palencia Periodista especializada en economía, directora de Conexión Hispanoamérica

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