Que alguien coja las riendas


Cuando se celebró el último Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud, rumboso nombre para tan poca capacidad de iniciativa, lo único que acordó fue traspasar a las comunidades autónomas la responsabilidad de la lucha contra el covid. Al día siguiente anotamos en esta columna dos objeciones arriesgadas, pero que resultaron ciertas. Una, que parecía que el Gobierno central se desentendía de su responsabilidad. La otra, que nos condenaba a no tener una gestión unitaria de la crisis, sino tantas gestiones como regiones hay en España.

La primera impresión fue confirmada o seguida por varios gobernantes autonómicos: «El gobierno Sánchez se ha quitado de en medio para no quemarse», dijo el presidente de la Junta de Andalucía. La segunda está en el ambiente: el diario La Vanguardia calificó la situación como «galimatías» y en todos los medios está la seguridad de que hay tantas Navidades como gobiernos regionales. Este es el año de las 17 Navidades. Sería lo correspondiente a la España plurinacional que predica Podemos. La gravedad de la diferencia es que no se trata de un juego político. Se trata de la salud, la vida y, desgraciadamente, la muerte de ciudadanos. De un número indeterminado de ciudadanos.

La situación se volvería cómica, si no fuese dramática, con la aparición de la nueva cepa del coronavirus en el Reino Unido y la primera reacción del Gobierno español: mientras una veintena de países suspendían el tráfico aéreo con Inglaterra, nuestro Ejecutivo dijo que esperaría a lo que dijera la Unión Europea. Y así, el lunes 21 quedará como la jornada en que España no tuvo gobierno, porque las decisiones internas se habían delegado en las autonomías y las externas se encomendaban a Bruselas. El Consejo de Ministros estaba ocupado en discutir consigo mismo las diferencias con Podemos. En eso consiste la gobernación en estos difíciles e inciertos días.

Digo inciertos porque no sabemos ante qué horizonte estamos. Se nos intenta tranquilizar con un recurso poco convincente: la nueva cepa o variante es más contagiosa que el covid conocido, pero no más grave. No dicen más suave. Es decir, que tiene el mismo índice de mortalidad. La deducción no invita al optimismo: si provoca más contagios (en Londres ya son el 62 % de los infectados cuando se escribe esta crónica) y se mantiene el índice de mortalidad, podemos asistir a un crecimiento imprevisible de las defunciones.

¿Y qué ocurre mientras tanto? Que el calendario de vacunaciones se mantiene como si no hubiera pasado nada. Nadie obedece a las señales de emergencia. Mañana es Nochebuena y se mantiene la misma permisividad que si no hubiese surgido esa variante. Y el reparto de la gobernanza en España sigue exactamente igual. Esperemos que la Divina Providencia no haga de Londres para el mundo lo que hace un año hizo de la china Wuhan.

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