Según la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género son más de cuarenta mujeres las que han resultado asesinadas por sus parejas o exparejas en lo que va de 2020. Por si eso fuera poco, 23 menores han quedado huérfanos por la violencia machista en el mismo período de tiempo. Mi petición al año 2021, aparte de que se lleve por delante el maldito covid-19, es que esta lacra termine. Pero como ya no tengo edad para creer, sé que con solo desearlo el problema no se va a terminar. Hay que actuar de forma contundente. Dos actitudes a llevar a cabo sin las cuales no se ataja el problema. La primera y, a mi entender más importante, es que las mujeres maltratadas se conciencien acerca de que si no denuncian a sus verdugos su infierno jamás terminará. Recuerden que en pleno siglo XXI no es de recibo no hacerlo por el qué dirán o por miedo a no tener donde ir. Para esto último las diversas administraciones públicas ofrecen soluciones. Si no se denuncia, el mal se perpetuará y lo más lamentable y terrorífico es que la maltratada se acostumbre a vivir con él. Por ello, si queremos acabar con esta lacra, las propias maltratadas son las que más pueden ayudar denunciando la situación que está viviendo.
La segunda solución es que las autoridades competentes se vuelquen todavía más en terminar con este problema. ¿Y eso cómo se consigue si nadie cuestiona el ingente esfuerzo policial que se está haciendo actualmente para combatir al maltratador? Con más recursos tecnológicos y humanos. Ya sé que eso cuesta un dinero que dicen que no hay. Pues si no lo hay, habrá que detraerlo de otras partidas presupuestarias que, por importantes que sean, no lo son tanto como que una mujer pueda salir a la calle sin miedo a que un descerebrado le impida volver a su casa.