Elogio de Podemos


El título completo de este artículo, que formulé paseando a las orillas del Sar, era Elogio, ‘ex imo corde', de Podemos. Lo acorté para no ser pedante. Pero lo recupero ahora porque lo que voy a decir me sale del fondo del corazón, y porque, cuando se lanza una tesis que suena a desmesura, vienen muy al caso unas palabras en latín, para advertir que solo escribo lo que muy bien he pensado. Y lo que he pensado es que, si la aventura política que iniciamos en el 2015 -de la que ayer se cumplió un quinquenio-, que abarca cuatro elecciones generales, una moción de censura, y el derribo del Gobierno nacido de la moción a causa de la devolución de un presupuesto considerado esencial; y si todo esto acaba en un fiasco cuya rectificación nos exija un decenio, solo Unidas Podemos (UP) saldrá inocente del trance, con toda la credibilidad que ahora tiene. Porque, si la calidad democrática se deduce de la veracidad de las promesas, la fidelidad a los programas y el uso de los recursos lícitos para alcanzar los objetivos señalados, hay que admitir que Podemos es -con perdón de los laicos- un regalo del cielo.

 UP es el único partido que está haciendo todo lo que dijo que iba a hacer. El que no ocultó, ni disimuló, ninguna de sus promesas. El que, para desencadenar el seísmo que prometió, se juega a diario el poder que le regalaron. Y el que despliega con más desparpajo la cínica estrategia de conservación del poder y la seductora abducción de las masas que sus líderes aprendieron -en su mayor parte de Maquiavelo- en la Universidad Complutense.

Todo lo que hacen estaba en su discurso electoral. Nada de lo que no hacen ocupó un minuto de sus mítines en forma de falsa promesa o de ocultación sardónica de sus verdaderas intenciones.

Lo que está pasando se entiende muy bien con la famosa fábula del alacrán y la rana, en la que el arácnido le pide al anuro que le ayude a cruzar el río encaramado sobre su lomo. La rana conocía los peligros del alacrán, pero este allanó su confianza al decirle «no soy tan tonto como para envenenarte en el río, porque no sé nadar». Pero, cuando el agua era más rápida y revuelta, la rana sintió la temible picadura del escorpión. Y, antes de morir, le preguntó por qué había hecho una cosa tan infiel. «Porque soy así -respondió el mal bicho-, es mi naturaleza, y no lo puedo evitar».

Sánchez, que hace de rana, sabía que Iglesias no le dejaría dormir. Los votantes de UP y del PSOE sabían que Iglesias, por su naturaleza, picaría a la rana. Y todos los que no creíamos en Sánchez ni en UP teníamos claro que, si la aritmética les permitía formar Gobierno, llamarían en su auxilio a todos los que llamaron, aún a riesgo de tener que hacer todo lo que están haciendo. Ganaron ellos, y están desplegando sus genes.

Pero nadie podrá decir que UP nos engañó. Lo que está haciendo Pablo Iglesias -que a mí no me gusta nada- es un alarde de fiabilidad, perseverancia y coherencia. Y, por más que nuestra candidez y sus verdades nos molesten, ¿qué más se le puede pedir?

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