Sánchez e Iglesias

Europa Press

¿Qué les está diciendo Pedro Sánchez a los dirigentes socialistas que le trasladan su preocupación por haber depositado tanta confianza en Pablo Iglesias y por escuchar tan poco a los suyos? Me refiero a esos mandos socialistas que prevén un desastre para el PSOE si el presidente sigue el camino que le va desbrozando el líder de Podemos, sobre todo por espacios separatistas catalanes y vascos, y que, como es obvio, conllevan progresivas concesiones a cambio de seguir sosteniéndolo en el poder.

Creo que Pedro Sánchez, obsesionado con permanecer en la Moncloa, todavía no se ha enterado de algunos de los riesgos que corre. «Con EH Bildu, no», le han dicho muchos de los suyos, como Alfonso Guerra, quien se lo ha recordado públicamente hace poco. Por otra parte, Felipe González acusó a Iglesias en septiembre de apostar por «una república plurinacional» que sería «la semilla de la autodestrucción de España». Pero ni Sánchez ni Iglesias se han dado por enterados. Quizá porque ambos están ya lanzados en «otra manera de mantenerse en el poder».

¿Cuál es el verdadero problema? Que un día Sánchez puede encontrarse en una pista deslizante y sin freno. Ese día tal vez Iglesias esté empujándolo y no precisamente para ayudarle a ponerse de pie. Porque el líder de Podemos tiene su propio programa a largo plazo y tal vez en algún momento le sobrará lo que quede del PSOE o viceversa. Pero para esto aún falta mucho tiempo. Lo malo es que hay un momento en el que ya es demasiado tarde para frenar. Y esto lo sabe Sánchez. Por eso solo cede en lo inevitable para seguir en el poder. La situación no es cómoda y por ello anhela tiempos mejores.

El problema es que Pablo Iglesias también anhela sus propios «tiempos mejores», que se manifestarán en un idioma muy distinto al de Sánchez. Porque las diferencias entre Sánchez e Iglesias son abismales, pero quizá ambos saben que saldrían perdiendo si las manifestasen ahora en público. Por eso se limitan a tentarse la ropa y seguir avanzando en su propio totum revolutum. Mientras, el PP observa el panorama sumido en la perplejidad de su presidente, Pablo Casado, que practica una peligrosa pasividad.

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