La prospectiva como solución a la incertidumbre


El ser humano tiene la necesidad de reducir las incertidumbres. Lo hace sobre aquellos sucesos y fenómenos que le afectan, ya sean positiva como negativamente. Nuestras actuaciones relacionadas con la pandemia son un buen ejemplo; por tanto, la incertidumbre es un obstáculo que es preciso superar. De ahí que surjan estudios que permiten amortiguar o prever las consecuencias de las transformaciones o rupturas. Nace, pues, la prospectiva, no solo como herramienta de análisis, sino como instrumento que contribuye a la creación de sentido para la toma de decisiones.

La prospectiva fue utilizada desde hace tiempo. Tanto John F. Kennedy como por François Mitterrand, cuando estaban al frente de sus respectivos gobiernos sabían que era necesario construir el porvenir, trabajar con expectativas de futuro, y poseer pistas sobre lo posible, lo probable y lo deseable. En este sentido, la prospectiva no es ni más, ni menos, que la anticipación de la configuración del futuro. Es decir, reflexionar sobre el presente, desde ese futuro imaginado; y cómo poder concebir estrategias de acciones tendentes a alcanzar el futuro deseable.

Afortunadamente, la Unión Europea ha reaccionado de manera muy proactiva ante los efectos de la pandemia. Ha puesto a disposición de las sociedades europeas instrumentos muy potentes para enfocar la recuperación y transformación económica. Y lo hace de manera abierta, de tal forma que corresponde a los estados miembros, y con ellos a las comunidades autónomas, ayuntamientos y sociedad civil, presentar proyectos acordes con los escenarios de futuro. De ahí la trascendencia de distinguir entre los escenarios posibles (aquellos que pueden acaecer); los escenarios probables (aquellos que introducen restricciones a los posibles); y los escenarios deseables (aquellos que expresan un deseo de proyección, a través de nuestras expectativas y aspiraciones).

España va a recibir una cantidad muy importante de dinero de la UE, por medio de ayudas directas y de préstamos. El montante va a ser muy superior a los que se percibió cuando nos adherimos a la Unión Europea. Si, en aquel momento, las aportaciones financieras fueron decisivas para modernizar el país, ahora, tenemos la responsabilidad de formular, de definir, de presentar y de ejecutar nuevos proyectos en línea con las necesarias y urgentes perspectivas de futuro.

Pensar en el futuro consiste en determinar no solo los factores o fuerzas motrices de influencia mundial, sino abrir las pistas sobre posibles escenarios derivados del juego de los actores, de las innovaciones técnicas y de los procesos de transición. O sea, un concepto más completo que la máxima schumpeteriana de la «destrucción creativa». A mi juicio, como lo expresé en el Foro de Prospectiva Económica de Galicia, recién celebrado en A Coruña, nos movemos entre cuatro hipótesis: una nueva guerra fría (acentuación de tensiones chino-americanas y polarización de todas las cuestiones en torno a una fuerte competencia comercial); un mundo multipolar (que permitiera avanzar hacia cooperaciones reforzadas tanto a nivel económico como político); un retorno a la normalidad (o sea, reconstruir el mundo pre-crisis, pero aceptando contenidos medioambientales y apuestas tecnológicas); y unos años sombríos (en donde todos los indicadores estarían en rojo y habría un avance del proteccionismo y de los nacionalismos).

Por eso, advierto de la necesidad de reinventar el multilateralismo; de apostar por las revoluciones tecnológicas como catalizadoras de los cambios; por poner más énfasis en la productividad; en repensar los sistemas de salud; en incentivar y promover las políticas de educación y formación cualificada; en un futuro más sostenible y en procesos de transición ecológica justa; y en una mayor atención a las dinámicas migratorias por medio de mayores atenciones a los migrantes y erradicación de posiciones xenófobas.

En suma, hay cuestiones muy evidentes. Las apuestas digitales y medioambientales no tienen marcha atrás y habrá nuevas condiciones de empleabilidad y nuevos patrones de consumo. Debemos abandonar el cortoplacismo para enfocar las estrategias a mayor plazo; el talento será lo reclamable a la hora de buscar mano de obra; y, finalmente, los países necesitan estrategias de marca-país para poder seducir. Corolario final, se abre una gran oportunidad que no es deseable que se pierda, ni que se desaproveche.

Por Fernando González Laxe Ex presidente de la Xunta de Galicia

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