Del bacalao al «brexit»: ¿qué empieza?


Parecerá sorprendente que el acuerdo del brexit entre el Reino Unido y la UE -un mercado de 480 millones de personas- dependa, resuelto el escollo de la ley del mercado interno británica y sus cláusulas irlandesas, de la pesca y las condiciones de acceso de los países europeos a las aguas del Reino Unido. Aguas que los británicos pretenden controlar en exclusiva, pero manteniendo la exportación e importación de sus productos sin aranceles. Recordemos que en Gran Bretaña el 80 % del pescado capturado por la flota de su bandera se exporta y el 80 % del bacalao y el eglefino, para el fish and chips que consumen, se importa de Islandia y Noruega.

Las aguas británicas son un afortunado caladero de pesca que suministra unos 1.300 millones de toneladas anuales (el 15 % de la pesca de la UE), de las que los británicos capturan un 43 % y el resto los otros países de la UE, con Francia, seguida de Países Bajos, Irlanda y Dinamarca, a la cabeza. Y en el envés de tan afortunado caladero está el mercado, donde la UE es el destino de dos tercios de las capturas pesqueras del Reino Unido, con Francia y España como sus principales clientes. Países que junto a Portugal y Dinamarca son los mayores consumidores per cápita de pescado en la UE (entre 35 y 60 kilos por persona y año)

La UE sufrirá con un brexit sin acuerdo, pero en la pesca Francia, Países Bajos, Bélgica y otros países, incluida la flota gallega o británica de capital gallego que faena en aguas europeas y en las de Malvinas, son los más perjudicados. Tanto por el acceso a los caladeros como por el acceso a los mercados sin aranceles. De ahí que el presidente francés sostenga que la pesca es inseparable del conjunto, y que es preferible que no haya acuerdo a un mal acuerdo. De ahí también que para los británicos la expulsión de la flota comunitaria de sus aguas suponga dificultades de acceso a los mercados europeos, incluyendo en ellos Islandia o Noruega, bien por vía de aranceles, bien por control aduanero. Añadido a una oposición creciente a que la pesca condicione los intereses de otros sectores como el financiero.

Boris Johnson utilizó la pesca en su campaña del brexit, aun cuando la pesca significa un 0,12 % del PIB británico. Pero desde 1958, con la primera guerra del bacalao, la pesca forma parte del imaginario emocional de Gran Bretaña. Mar Kurlansky, un periodista, escribió en 1997 una biografía del pez que transformó el mundo: El bacalao. En esa biografía podrán encontrar una apasionante historia. Incluida la de las tres guerras del bacalao entre Islandia y el Reino Unido -de gran importancia en los derechos del mar y las 200 millas-, la última en 1975. Guerras donde quizá se encuentren las razones emocionales británicas que explican esta negociación final sobre el brexit. Donde al parecer algunos se olvidan de que el pescado no siempre se encuentra donde se encuentran los consumidores, o viceversa. Y donde no cuentan ni Polonia ni Hungría.

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