Zapatero y su pasmosa «madurez»


El transcurso de los años suele templar las pasiones personales y políticas y hacer a los humanos más moderados y pragmáticos. Se atribuye a Winston Churchill una frase que resume un cambio que marcha paralelo a nuestra edad: «Quien a los 20 años no sea revolucionario no tiene corazón; y quien a los 40 siga siéndolo no tiene cabeza».

Tal reflexión, que marca por ejemplo la distancia entre quienes saben cómo fue la Transición y los que no entienden de ella absolutamente nada, debería ser especialmente cierta en el caso de los exgobernantes, quienes han de enfrentarse a las duras réplicas de la historia y lidiar con unos hechos que se resisten como gato panza arriba a amoldarse a aquellas soluciones claras, simples… y equivocadas, de las que, para resolver los problemas complejos, habló el periodista norteamericano Henry Mencken.

Un joven José Luis Rodríguez Zapatero nos legó, durante una presidencia funesta por su radicalidad y falta de equilibrio, dos problemas que siguen hoy envenenados: la destrucción de la reconciliación nacional, que permitió la llegada de la democracia, y la voladura del pacto estatutario catalán, origen de un cambio de posición que Pedro Sánchez ha llevado a sus últimas y trágicas consecuencias. Zapatero dejó también como herencia una crisis económica que costó largos años superar y que le exigió desdecirse al final de su mandato de lo que había venido sosteniendo en materia de política económica.

Ya sexagenario, ese mismo Zapatero, que debería saber por propia experiencia cómo se las gasta la tozuda realidad con la irresponsabilidad de los gobernantes, se ha convertido en el bochornoso paladín del régimen chavista, que no solo ha convertido a Venezuela en una odiosa dictadura sino que ha empobrecido al país hasta el delirio: con una caída del PIB del 70 % entre el 2013 y el 2019, el 96 % de la población es pobre y el 79 % extremadamente pobre. Son cifras de la Encuesta de Condiciones de Vida del Venezolano para 2019, estudio que añade entre otros datos escalofriantes que el 68 % de los venezolanos consumen menos de 2.000 calorías diarias, lo que, según la FAO, sitúa a un país con grandes riquezas por debajo de muchos estados africanos.

El domingo se celebraron en Venezuela unas elecciones en las que la satrapía de Maduro y el ejército pretendían acabar con el último reducto de libertad, la Asamblea Nacional, y, en palabras de Felipe González, «cerrar el círculo de la tiranía». Con una abstención del 70 %, y sin la concurrencia de la mayoría de las fuerzas opositoras, los comicios han sido una farsa, según lo prueba el hecho de que más de 50 países, entre ellos la mayoría de los americanos, las haya rechazado ya como un fraude escandaloso.

Juan Guaidó, reconocido por la UE como presidente legítimo de Venezuela, ha calificado a Rodríguez Zapatero, que ha salido en defensa de las elecciones, de «abogado de la dictadura» y de «cómplice» de las violaciones de los derechos humanos. Y todo sin que el PSOE haya dicho sobre la actuación de ese expresidente socialista ni esta boca es mía.

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