Zapatero y su pasmosa «madurez»

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

EDUARDO PEREZ

09 dic 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

El transcurso de los años suele templar las pasiones personales y políticas y hacer a los humanos más moderados y pragmáticos. Se atribuye a Winston Churchill una frase que resume un cambio que marcha paralelo a nuestra edad: «Quien a los 20 años no sea revolucionario no tiene corazón; y quien a los 40 siga siéndolo no tiene cabeza».

Tal reflexión, que marca por ejemplo la distancia entre quienes saben cómo fue la Transición y los que no entienden de ella absolutamente nada, debería ser especialmente cierta en el caso de los exgobernantes, quienes han de enfrentarse a las duras réplicas de la historia y lidiar con unos hechos que se resisten como gato panza arriba a amoldarse a aquellas soluciones claras, simples… y equivocadas, de las que, para resolver los problemas complejos, habló el periodista norteamericano Henry Mencken.

Un joven José Luis Rodríguez Zapatero nos legó, durante una presidencia funesta por su radicalidad y falta de equilibrio, dos problemas que siguen hoy envenenados: la destrucción de la reconciliación nacional, que permitió la llegada de la democracia, y la voladura del pacto estatutario catalán, origen de un cambio de posición que Pedro Sánchez ha llevado a sus últimas y trágicas consecuencias. Zapatero dejó también como herencia una crisis económica que costó largos años superar y que le exigió desdecirse al final de su mandato de lo que había venido sosteniendo en materia de política económica.