Derechos humanos

Cristina Gufé
Cristina Gufé EN LÍNEA

OPINIÓN

María Pedreda

09 dic 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Uno se pregunta por qué ha de existir algo parecido a una Declaración Universal de Derechos Humanos; por qué los hombres y las mujeres del mundo deben preservar por escrito derechos fundamentales para confirmarse en su ser.

Creo que la vida humana por ser tan valiosa en sí misma es por lo que resulta tan susceptible a la negación; quizá por estar más próxima al espíritu que otras formas de vida. Se podría decir que, por sostenerse tan alejada del valor, es por lo que hay que protegerla. En sí misma es biología; la dimensión humana no es posible sin abstracción.

La vida humana no vale nada. Qué poco vale una vida humana. ¿Por qué escuchamos decir esto a veces? Tal vez no somos conscientes de hasta qué punto nuestra existencia como hombres o mujeres depende del valor, es decir, de conceptos abstractos. Nuestra meta no puede ser otra que la adquisición de principios morales, la capacidad de desarrollo ético, algo que no es posible sin educación, sin cultura y el trato con la sociedad.

Nace un niño y ha aparecido el ser más frágil de la naturaleza, alguien que depende de los cuidados de otros; lo que nace es un potencial, un camino en forma de cuerda que ha de tensarse día a día para que llegue a alcanzar su constitución, lo que incluye infinidad de vaivenes, como si el interior del ser humano estuviese formado a partir de arenas movedizas, algo que no ocurre si lo que ha nacido es, por ejemplo, una mosca, un gato o un elefante. Estos animales no se niegan a sí mismos, pero los seres humanos somos capaces de olvidar nuestro ser y anularlo, todo en la cuerda floja, junto al temblor de que el olvido aparezca para hacernos caer en el descuido y dejar de continuar tirando de la cuerda.

Si no queremos incluir la noción espíritu, por las connotaciones del término, sí podemos aceptar la noción cultural para referirnos a eso que nos diferencia de todos los otros seres vivos. Así, por esa proximidad que mantenemos a la no-vida, más que los otros seres mientras todos estamos vivos, es por lo que tal vez haya que poner por escrito, para no olvidarlos, cuáles son nuestros derechos fundamentales.

Los escribimos y después vivimos a veces como si no existieran, una y otra vez se vulneran; esto nos confirma en nuestra relación con la dimensión moral de la vida humana; elegimos, en ocasiones, detenernos en el chapoteo de las charcas del mal moral en lugar de mirar hacia el mar junto al alejado horizonte del bien.

Se necesita mucha fuerza para seguir sosteniendo la tensión de la cuerda presente en toda vida humana y para ello precisamos principios morales.

En la época de la epidemia universal (año 2020) se nos pide volver a nuestro interior, pero esto es imposible sin haber tenido antes sociabilidad.