La unanimidad no es democrática


En el mismo momento en que la UE decidió confiar la salida de la crisis del covid-19 a la discutible técnica de regar con euros todo su territorio, y cuando algunos estados tuvieron que reconocer que si no hay pasta a esgalla habrá default, aparecieron los extremistas euroescépticos de Hungría y Polonia -Viktor Orbán y Jaroslaw Kaczynski- con la amenaza de usar la regla de la unanimidad que rige en el Consejo de Europa para bloquear los presupuestos de la UE para el período 2021-2027, en los que están incluidos los fondos de resiliencia y recuperación. La razón de este bloqueo es el rechazo a que la liberación de los fondos quede condicionada «a que los países respeten los principios del Estado de derecho».

Lo que yo podría hacer en este momento es sumarme a la corriente general y ponerme a despotricar contra estos advenedizos con alma de dictadores que no comparten los valores y objetivos de la Unión. Pero no lo voy a hacer, Porque creo que es una vergüenza que algunas instituciones esenciales de la UE sigan vinculadas a la antidemocrática regla de la unanimidad; que sigamos dando opción a que un solo país pueda bloquear el sistema; y que no se apueste decididamente por la regla de las mayorías. Porque la regla de la democracia es la mayoría, y la unanimidad es su negación.

Tampoco voy a denostar a Orbán y Kaczynski por reforzar su chantaje con el efecto sorpresa y las trágicas consecuencias del veto. Porque el problema de la unanimidad se detectó muchos años atrás, sin que los intentos de modificar la norma hayan prosperado en las cumbres de Ámsterdam, Niza y Lisboa, o en la malograda Constitución para Europa. Ninguna de estas oportunidades se perdió por culpa de Hungría y Polonia, sino por la reticencia de franceses, holandeses y británicos, que siempre andan pensando en cómo montar una UE que puedan dominar cómodamente, sin que esta pueda meter en cintura sus veleidades nacionalistas y sus intereses locales.

Por eso hay que insistir en que el éxito y la gobernabilidad de la UE no puede basarse en reglas que se crean con la esperanza de que nadie las use; ni en fórmulas de decisión o ratificación de acuerdos que están más pensadas para disfrutar del suspense que provocan -como el cine de Hitchcock-, que para gobernar con sentido y responsabilidad a 27 países y 350 millones de habitantes.

Pero lo que más me enfada y defrauda es que ahora nos digan que Francia propone, y Von der Leyen acepta, que la absurda y peligrosa regla de la unanimidad, que no se puede quitar del Tratado de la UE, se puede burlar, si los grandes quieren, haciendo fintas y payasadas en el patio de atrás. Porque, como decíamos en la escuela de Forcarei, «así no se vale», y porque, teniendo en cuenta que el prestigio y la autoridad de la UE está basado en su rigor y seguridad jurídica, parece muy mal camino que todas las grandes y buenas decisiones que tomó la UE en el último decenio se hayan impuesto por la vía de hecho, y sin que sople sobre ellas la brisa de la legalidad.

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