Elogio de los bares


De los 280.000 bares y cafés que había en España han cerrado 65.000. El número resulta excesivo, y no solo porque los bares, los cafés, los mesones, las tabernas o los furanchos, junto con esos establecimientos múltiples de las aldeas que reúnen ultramarinos, estancos y tabernas, tres en uno, cumplen una misión que trasciende a un local de ocio. Es el punto de encuentro, el local social que regula la vida en las ciudades y en los pueblos.

El reciente cierre de la hostelería en muchos pueblos gallegos, convierte a estos en un ejemplo vivo de la España vaciada, donde campa a sus anchas la soledad. Los bares son la más poderosa de las redes sociales conocidas; las barras son el gran diván psiquiátrico donde se psicoanalizan centenares de clientes contándole sus cuitas a los camareros tras un tercio de cerveza o una copa de godello.

Galicia esta desolada con cientos de bares y cafés cerrados por razones del amenazante covid siempre acechante. Los propietarios están arruinándose y los clientes, desarbolados. Por eso mi elogio al abnegado gremio hostelero. En los días duros del invierno, gentes humildes de mi pueblo, se refugiaban en los bares para espantar los fríos. Bar cerrado es difícil de recuperar. Ya hay demasiados carteles en las ciudades anunciando traspasos y en las aldeas no existe relevo generacional para mantener abierta la taberna. Habrá que volver a la formula del teleclub y convocar a los clientes a ver series de Netflix o HBO, y los partidos de fútbol del fin de semana. O invitar que las food trucks, las furgonetas ambulantes con servicio de bar, acudan como el panadero que va todas las mañanas, haciendo un circuito de aldeas.

Antes del año 1900, en España no había bares. Tardarían varios años en llegar. Las ventas que don Quijote confundía con castillos eran su antecedente. Los últimos años del siglo veinte vivimos la euforia gloriosa de bares y cafeterías, de pubs y disco bares. Y así hasta hoy, que asistimos a su agonía. Y me uno al himno musical de Gabinete Caligari cuando canta la estrofa que dice: «Bares que lugares, tan gratos para conversar, no hay como el amor al calor en un bar». Larga vida a los cafés y los bares. Mi elogio para todos ellos.

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