«Moi bien, moi bien»


El mito del castellano en peligro es tan poderoso como el de la ardilla que cruzaba España desde Algeciras al Pirineo de árbol en árbol sin tocar el suelo. Las ideas pueden ser parásitos más resistentes que un virus, aunque su complexión sea mentirosa y su comprobación sencilla. Aquí la idea es que el español resiste a duras penas la implacable avanzadilla del gallego, que en el imaginario de muchos debe ser como don Pelayo degollando moros en su avance hacia el sur.

Poco importa que la realidad sea expresiva y que evidencie que en cualquier ciudad del país una pueda ir saltando de gallego en gallego sin que ninguno se dirija a una en ese idioma tan peligroso que amenaza con engullir al español, arrebatándole a nuestros hijos un código que ya es el segundo más utilizado en el mundo, por encima del inglés, según estadísticas recientes, lo que indica que la lengua de Castelao es como una bomba atómica de cuyo poderío no éramos conscientes.

Pero el mito es tan poderoso que los que fibrilan en cuanto se habla de lenguas vehiculares no quieren ver que en Galicia los consejos de administración son en castellano; en los patios de los colegios de las ciudades se habla castellano; que se habla castellano en el supermercado y en el Zara; en los abrevaderos de gin-tonic, ahora confinados; en las oficinas y en los pasillos del Parlamento de Galicia, en donde muchos diputados recurren a un gallego escénico que apenas disfraza una estructura cerebral monolingüe que va traduciendo a duras penas y salpica el discurso de hefeitos, nembargantes y charramanguerías diversas. Si el mito no nos dejara ver el bosque, olfatearíamos trazas de diglosia y autoodio por doquier. Pero no. Por lo visto aquí el gallego va moi bien, moi bien.

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