Había quedado semioculto por la sombra alargada del Viminal todo este tiempo de calvario en constante descenso por la colina de Quirino. El bosque era tan frondoso que ni siquiera había reparado en aquel barrio atestado, tenebroso y brillante sobre el que de nuevo en pie conseguía por fin guardar un precario equilibrio. Y de pronto surge de algún lugar desconocido una pizca de fe que deja discurrir la escena sudorosa y blanda de un cura que quizá nunca la profesase o quizá con el tiempo la hubiese perdido.
Doblar una esquina de la Suburra para darse de bruces con formas vetustas que dibujan a un padre de familia que se viste de honrado político. Patricios romanos metidos hasta el cuello en el fango de la avaricia desmesurada que oxida la mente del hijo de un policía que ha vivido mil vidas sin dejar de ser un niño. La ciudad eterna se construye de luz, pero siempre se guarda en la manga un comodín oscuro. Derroteros adoquinados con piedra gabina por los que arrastran los pies con idéntico cansancio aristócratas arruinadas buscando venganza y un lumpen armado de mentiras hasta los dientes que lucha solo por un arrebato digno.
De pronto, el mar. Ostia rompiendo de espuma la calma en apenas ocho capítulos. Y dejarse la salitre hasta en el alma porque las heridas a veces solo se cierran con la zambullida inconsciente de un baño matutino.