La hermandad incendiaria y el goce del vandalismo


Los episodios de violencia callejera que se produjeron en Madrid, Barcelona, las tres capitales vascas, Logroño, Santander, Málaga, y otras localidades españolas, durante el pasado fin de semana, llevaron a la detención de más de 50 personas. Entre ellas se encontraban algunos menores de edad y la mayoría no superaba los 30 años. Respecto a los protagonistas de estas acciones violentas, y en algunos casos de saqueo, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, declaró que «son grupos organizados que buscan sacar tajada del miedo y de la situación». Esta opinión ha sido puesta en entredicho porque la policía no ha encontrado conexiones entre los diferentes grupos violentos que han protagonizado los actos vandálicos. Por otra parte, tampoco parece que los intentos de atribuirles una adscripción ideológica definida se sustente en ningún indicio fiable. 

Frente a la aparente ausencia de explicación sobre el origen de este movimiento, lo más certero es, como siempre, orientarse hacia lo real. Lo real es, por ejemplo, que entre los 33 detenidos en Madrid relacionados con los disturbios 14 tenían antecedentes policiales.

¿Entonces Ayuso no tiene razón? Considero que sí la tiene, aunque no sepa por qué la tiene. La tiene en la medida en que son grupos organizados, pero lo que les facilita constituirse como grupo no es compartir una ideología o una creencia.

Lo que une a estos grupos no es tanto la comunidad de creencia, sino la comunidad de goce. En este caso, el goce del vandalismo.

El lema bajo el que se convocó la manifestación de Madrid, que luego incendió la ciudad, fue «salimos a la calle, el pueblo está cansado». No se trata de una proclama ideológica. Estar cansado no es de derechas ni de izquierdas: es el signo del malestar por una privación.

La destrucción, el incendio, la violencia y el saqueo se autorizan en que las restricciones limitan la satisfacción, no los derechos. Por eso no se trata de un acto de protesta reivindicativa.

Los intentos de hacer entrar a esta gente en razón se revelan impotentes. Si el argumento es que las restricciones son por su bien, o por preservar un bien común superior, la respuesta será: mi goce es mi soberano bien y, si me privas de mis goces habituales, al menos me quedará el goce de la destrucción y del saqueo. Un goce, hay que decirlo, que puede ser muy contagioso.

Este tipo de violencia grupal se puede asemejar al movimiento incendiario que se originó en los suburbios de París, extendiéndose rápidamente a otras ciudades francesas y de otros países europeos, en el otoño del año 2005. La organización de estos grupos es horizontal. Como no tienen padre, no son jerárquicos: son una hermandad incendiaria.

Por Manuel Fernández Blanco Psicoanalista y psicólogo clínico

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