Trump, el antisistema


Parecía imposible, pero el burro (el icono del Partido Demócrata) está a punto de desalojar con una coz al elefante (símbolo del Partido Republicano) de la verde pradera de la Casa Blanca, símbolo del poder mundial. Faltan unas pocas horas de recuento, quizá unas pocas semanas de estéril batalla judicial, pero la suerte parece echada y Joe Sleepy Biden no solo conseguirá tres millones de votos más que su rival, sino que, a diferencia de Hillary Clinton, hace cuatro años, sumará a muchos desengañados por la palabrería de Donald Trump para convertirse en presidente. Claro que, hasta que llegue esa proclamación -en el mejor de los casos el 20 de enero-, Trump parece dispuesto a avergonzar a todos los defensores de la democracia y a patalear como un niño malcriado que no quiere regresar a su casa después de descubrir los juguetes de otro, léase el Air Force One, el Marine One y todos los aparatos que acompañan al líder de la primera potencia mundial.

Es cierto que Trump puede sentirse ganador a su manera. Las encuestas previas le desahuciaron hace semanas y, una vez más, le ha ganado a la demoscopia, aunque ello no le baste para retener la presidencia.

El plutócrata cavó su tumba electoral al no saber predecir el alcance del covid-19, que frenó una economía que crecía a un ritmo desbocado y generaba la euforia de los mercados,

Trump no ha engañado a nadie en estos cuatro años. Si acaso, solo a los que le votaron por sus promesas más radicales, e irrealizables, como la construcción del muro con México. Limitó las estridencias a Twitter y puede presumir de ser el único presidente que en su primer mandato no declaró ninguna guerra. Incluso repatrió a sus soldados de avisperos como Afganistán, Siria o Irak.

Las minorías podrán exigir al nuevo presidente un trato menos insultante, pero la previsible victoria demócrata tendrá el temible adversario de la recesión por la pandemia a la vista. Si los malos presagios económicos llegan a cumplirse, el fantasma de Trump como gestor económico sería inevitable y resucitaría la amenaza de volver a ver al magnate en la línea de salida de la carrera electoral del 2024.

Pero ese ejercicio de política-ficción aún queda demasiado lejos y Donald Trump no puede emborronar aún más su trayectoria política con un comportamiento propio de un antisistema que no hace más que cargar de razón a sátrapas como Maduro o el presidente de Irán, que se están regodeando con la lenta agonía del que ha sido uno de sus principales azotes en este cuatrienio.

Trump aún puede ser la palanca que acabe con el bipartidismo en Estados Unidos. Él, que quiso ser candidato con los demócratas, solo ha utilizado a los republicanos para su propio beneficio. Ahora que la derrota en las urnas está a punto de separarles, el plutócrata neoyorquino puede buscar una revancha en el 2024. Quien le anime no va a faltar. El dúo Javanka -su yerno, Jared Kushner, y su hija Ivanka- desprende ambición. Y Donald podría seguir jugando a lo que le gusta: ser un antisistema.

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