Eduardo Parra | Europa Press

31 oct 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Hace unos días, semanas quizá ya, leí en las redes a un tipo que decía: «Limpiar la casa y darse cuenta de que de repente todo es posible». Quizá no lo haya transcrito literalmente, pero respondía a ese sentido: con la casa limpia, uno se siente capaz de lo que haga falta. Supongo que los ceniceros rebosantes de cigarrillos, los vasos que dejan su cerco sobre mesas y mesitas, los cascos de cerveza y las botellas de ginebra vacías, la loza de varias malcomidas sin lavar en el fregadero, los lamparones en las alfombras y el polvo en las estanterías, los chorretones en la puerta del frigorífico, contemplados desde una camiseta de tirantes sin duchar, todo eso impide cualquier proyecto y empuja a la cama deshecha y a esconderse de las miradas ajenas más que a salir a comerse el mundo.

Me da rabia no acordarme de quién escribió eso en Twitter, pero las cosas funcionan así si te dejas. Le dije una vez a un inglés muy socarrón, «Tony, cuando sea mayor quiero ser como tú». Respondió: «Fácil. Basta con descuidarse». Un tipo muy grande, no sé por dónde andará ahora. Descuidarse es fácil y más en tiempos de pandemia y de salir a la calle con máscara. A veces pienso que el mayor daño de la primera ola, peor que el virus o el confinamiento, lo produjo el cierre de las peluquerías.

La limpieza engendra valentía mientras que la suciedad priva de cualquier respeto por uno mismo. Por eso me gustó tantísimo la delicada columna que publicó ayer en este mismo espacio Cristina Pato, con el barrendero del parque y su profundo sentido de la dignidad, que convierte el trabajo en mucho más, en una turbina potentísima capaz de generar esperanza y alegría, capaz de iluminar tiempos oscuros.