No abuséis más de nuestra paciencia


Decía Samuel Johnson, uno de los más agudos observadores de la condición humana, que «hay pocas cosas que resulten imposibles de la mano de la paciencia y de la diligencia». Tenía razón sin duda el pensador británico. La diligencia y la paciencia son ingredientes imprescindibles para enfrentarse a los grandes problemas, que, precisamente por su complejidad, nunca pueden ser resueltos de un plumazo. No hay duda de que la receta de Johnson es la única aplicable ante una pandemia que ha provocado ya cerca de 60.000 muertos y más de un millón de contagios en España y que está desguazando a paladas nuestra economía. El problema es que la diligencia está brillando por su ausencia en una gestión política y sanitaria que propende cada día más a la confusión, la desinformación y el caos. Y, también, lo que es acaso peor, que la paciencia de los ciudadanos, que ha sido admirable hasta este momento al soportar con un rigor casi estoico las limitaciones, privaciones y penurias que les han impuesto sus gobernantes, parece estar agotándose ante tanta incompetencia política.

Se detecta ya en la calle un hartazgo tenso, como de olla a punto de estallar, ante el espectáculo lamentable de los continuos cambios de criterio político, las medidas de protección y restricción de libertades que son de quita y pon, o el toque de queda que hoy impongo y mañana retiro. Resulta insoportable el concurso de ocurrencias entre unas comunidades que aplican medidas distintas ante casos similares, como si eligieran los platos de un menú. Hay un alud de declaraciones contradictorias por parte de los máximos responsables políticos y sanitarios. Se ha creado un caos normativo que hace que los ciudadanos se levanten por la mañana sin saber si hoy están confinados en su barrio, su comarca o su provincia; si pueden o no tomarse un café o visitar a sus padres; si tienen que cenar a las 8 o a las 10; si tienen que meterse en la cama a las 11, a las 12 o cuando les entre sueño; si la tragedia sanitaria está estabilizada y va acabando, como dijo Fernando Simón, o si estamos al principio de un túnel largo y oscuro, como pronostica Sánchez.

Genera también perplejidad que el Gobierno y los partidos de la oposición jueguen con los plazos del estado de alarma como si estuvieran en un bazar, diciendo ayer que la cosa va para seis meses, hoy que para cuatro, aunque otros piden que sean dos, y mañana que ya veremos si en Navidad podremos jugar o no al amigo invisible. Pero si a ese pandemonio se suma el bochorno de que políticos del Gobierno y de la oposición asistan a una cena multitudinaria saltándose las medidas de protección y distanciamiento social que exigen a los ciudadanos, tenemos el cóctel perfecto para que el personal pierda el respeto al virus, y también a quienes llevan el timón de la pandemia, y se pasen por el forro confinamientos y toques de queda, que es lo peor que puede ocurrir. La pregunta que empiezan a plantearse los españoles ante este caos es la que le hizo Cicerón a Catilina: ¿hasta cuándo abusaréis de nuestra paciencia?

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