Quizá dentro de muchos años, cuando todos los selfies adquieran ese color ocre con el que el tiempo lo pinta todo, este tiempo extraño sea bautizado en un par de párrafos cortos en los libros de texto como los años maniqueos. Una etapa extraña en la que sobrevive una sociedad que tiende a la simpleza, que convive pero no se mezcla. Un tiempo de oídos sordos y bocas muy abiertas. Una vida de blancos y negros, izquierda y derecha, ricos y pobres, arriba y abajo, buenos y malos. Años de cosificación atroz y falta de empatía.
Los años maniqueos, en los que la crítica implacable grita desde cualquier esquina. Y el prurito de la ofensa se ceba igual en los que sacralizan uniformes y quienes los menosprecian. Y corren los ríos de letras empeñándose en señalar que la humanidad no nos representa. Los malos son malos y los buenos se han ganado las alas antes incluso de bajar de la furgoneta. Si de algo habla Antidisturbios de que las cosas no son tan sencillas como las representan. Y que el terror se apodera de uno y otro bando cuando vuelan las sillas y un partido de fútbol acaba convertido en la última trinchera. Que ningún traje puede tapar las fortalezas y las miserias. Que todo el mundo llora, se enfada, tienes problemas de espalda y ganas de darle una buena patada a la puerta. Que quizá sea hora de dejar de pelearse para batallar por otro sistema.