La verdad, la gran víctima


Gracias al escritor y político británico Arthur Ponsonby sabemos que «cuando se declara la guerra, la verdad es la primera víctima». Lo sabíamos incluso desde comienzos del pasado siglo XX, pero desconocíamos que ocurre también sin que estalle una guerra y en plena democracia. Y en los países más desarrollados. 

La verdad está siendo la gran víctima de la lucha que nuestra sociedad mantiene contra la pandemia. Ya no vamos a entrar en la fake news que circulan por el planeta y que potencian las redes sociales. Ni en las que algunos líderes, o lo que sean, lanzan en defensa de no se sabe qué. Como hicieron los negacionistas o el propio Trump aconsejando la lejía como mejor antídoto contra el virus.

Nuestras instituciones y los mandarines que las dirigen se han empeñado en acabar con la verdad. Instalándose en la mentira. Con los muertos, con los contagios, con la incidencia, con la realización de las PCR, con las cifras para desconfinar, con la compra de respiradores, con el cambio de fases, con el comité de expertos, con los informes técnicos, o con el aumento de las plantillas sanitarias. Y con todo lo que rodeó y rodea el covid-19. Van a mentira por minuto, y algunos cuentan diez en solo tres minutos. Récord mundial. Mienten incluso sobre los datos indiscutibles que ofrecen los científicos.

Habíamos aceptado que nos engañaran como parte de las promesas electorales. Pero ahora, la verdad está desapareciendo de nuestras vidas porque ya mienten ante la prensa, ante la sociedad y, lo que es de una gravedad extrema, en los parlamentos. A hablar desde la tribuna le conceden la misma trascendencia que a hacerlo acodados en la barra de un bar de carretera. Mienten, quienes les rebaten mienten y los que escuchamos y pagamos, sabemos que mienten. Han elegido un mal camino. Quizás el peor. Pero se mantienen en el empeño.

Salvini, Orbán, Trump, Bolsonaro, Putin, Le Pen y el facherío español están acabando con la verdad con absoluta naturalidad. Lo peor es que ahora también lo hacen los partidos considerados de Estado de nuestro país. Los constitucionalistas y parlamentarios. Y ese es el primer paso de un corto camino hacia el autoritarismo.

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