El Cáucaso en llamas

José Enrique de Ayala FIRMA INVITADA

OPINIÓN

DPA vía Europa Press

07 oct 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

El conflicto de Nagorno-Karabaj (N-K) es uno de los que quedaron congelados, latentes, después de la disolución de la Unión Soviética, junto con el de Osetia del Sur y Abjasia en Georgia -que dio lugar a la breve guerra de 2008-, Transnistria en Moldavia, o el Donbas en Ucrania, todas ellas regiones separadas de facto de los países a los que teóricamente pertenecen. Nagorno-Karabaj es tal vez el más importante de todos, pues tiene raíces muy antiguas y enfrenta dos culturas muy diferentes en una región especialmente frágil y de gran importancia geopolítica.

Es un enclave en la República de Azerbaiyán -a la que pertenece administrativamente- habitado por armenios desde hace siglos. Durante la época soviética, era una región autónoma dentro de la República de Azerbaiyán, pero cuando este país se declaró independiente, en 1991 Nagorno-Karabaj -que no quería formar parte de ese Estado- se declaró independiente a su vez, lo que dio inicio a una guerra, que terminaría -teóricamente- en 1994 con un alto el fuego propiciado por Rusia, por el que Nagorno-Karabaj -y parte del territorio azerí su alrededor- quedó como una república independiente de hecho, ya que Armenia no se ha atrevido tampoco nunca a integrarla, aunque la apoya y defiende. Ese ha sido hasta ahora el statu quo, inestable y rechazado siempre por Azerbaiyán. La tensión ha pasado por diferentes fases, con enfrentamientos armados en el 2008, 2016, y julio de 2020, hasta que el 27 de septiembre las acciones militares se reanudaron por ambas partes con gran intensidad, sin que sea posible determinar el origen -del que ambas partes se culpan mutuamente- ni aún menos el final, en un enfrentamiento abierto que ha causado ya centenares de muertos, muchos de ellos civiles y que puede incendiar toda la región, dada la radical motivación de los combatientes.

El conflicto se sitúa en el Cáucaso sur, una región sometida por la influencia de las tres potencias de la zona: Rusia, Turquía e Irán, aunque esta última no tiene ningún interés en el conflicto, a pesar de su relación étnica y religiosa con Azerbaiyán. Los armenios son cristianos y siempre han tenido una estrecha relación con Rusia, que es aliada de la República de Armenia en la Organización del Tratado de Defensa Colectiva -una especie de OTAN postsoviética-, y mantiene una base militar en su territorio. Los azeríes son musulmanes (chiitas), aunque secularizados, de origen túrquico, y siempre han sido apoyados por Turquía. Es una zona de gran valor geopolítico por la existencia de gasoductos y oleoductos que conectan el mar Caspio con Turquía y Georgia (Bakú, Tiflis, Ceyhan), y desde allí con Europa, cuya interrupción podría perjudicar no muy gravemente a Europa, pero sería desastrosa para Turquía, y probablemente beneficiaría a Rusia. No obstante, Moscú no quiere tomar partido abiertamente e intenta mediar para apaciguar la tensión, mientras que, desde Ankara, Erdogán, en su agresiva política neo otomana, que ya ha puesto de manifiesto en Siria, Libia y Chipre, anima abiertamente a Azerbaiyán a recuperar el dominio sobre Nagorno-Karabaj.