Cinco loros


«Por la boca muere el pez», se dice cuando alguien sufre las consecuencias de hablar demasiado. Sin embargo, pocos animales tan silenciosos como el reservado pez. Si acaso, el dicho debería emplearse para criticar la gula. Para lo de hablar demasiado sería más apropiado elegir entre los córvidos, los papagayos o los loros, que en realidad tampoco hablan, sino que repiten lo que oyen, pero que aun así acaban pagándolo a veces. Como, por ejemplo, esos loros que leo que han retirado de un parque zoológico de Lincolnshire, en Inglaterra, por decir obscenidades a los visitantes. Se trata de cinco loros grises africanos (de nombre Eric, Jade, Elsie, Tyson y Billy). Acababan de ser donados al parque y los pusieron juntos en una jaula. Al parecer, uno de ellos se puso a decir «¡A la mierda!» (que es lo menos que se puede decir cuando a uno lo meten en una jaula) y en seguida empezaron a repetirlo los demás y a gritárselo a los visitantes. Así que el director del zoo (al que los loros llaman «gordo» cada vez que le ven) decidió retirarlos, alegando que «de vez en cuando, puede ser divertido; pero cuando encima se ríen cuando otro insulta, esto ya parece una taberna». Un ejemplo más de estos tiempos hipersensibles en los que vivimos.

Yo siempre he sido muy curioso de los animales que hablan, desde que de niños íbamos al parque Rosalía de Castro de Lugo a enseñarle barbaridades al loro que tenían en la pajarera. El ave, que yo recuerde, no las repetía, pero sí el guarda, que salía corriendo detrás de nosotros llamándonos de todo, que era lo que en realidad nos hacía gracia. Luego conocí al tantas veces citado cuervo gallegohablante de Belvís, que presidía en una fonda a la que íbamos a comer cachucha, y que repetía «Quero tortilla! Quero tortilla!». Incluso me dio por anotar en un cuaderno un elenco de loros famosos de ficción. Estaban los de Robinson Crusoe, a los que enseñó a pronunciar su nombre para no sentirse tan solo, y que me parecía a mí la escena más conmovedora del libro. O Capitán Flint, el loro de La isla del tesoro, que John Silver el largo alimentaba con terrones de azúcar y repetía siempre «¡Doblones de a ocho!», porque se le había quedado del famoso saqueo de Portobello. O aquel estornino del Enrique IV de Shakespeare al que Hotspur pensaba enseñar el nombre del enemigo Mortimer, sólo para atormentar al rey (por lo visto es cierto que los estorninos pueden hablar incluso mejor que los loros). Tenía muchos más ejemplos, pero no sé dónde me va aquel cuaderno.

Así que diré solo esto: que creo que el loro es al pensamiento del ser humano lo que el simio a sus movimientos: un espejo irónico, una pequeña chanza de la naturaleza con lo que hace al ser humano único. Cierto es que los loros no inspiran la misma inquietud que los monos, pero su mirada fija y enloquecida, su manera obsesiva de hablar, hacen que parezcan una pequeña manifestación del subconsciente humano. De ahí, quizás, la coprolalia. Y de ahí, en parte, su presencia recurrente en una esquina o en un detalle de muchos cuadros de la historia del arte: en Durero, en Van Gogh, en Van Eyck, en Manet. Y es verdad que, como a todo el que dice en alto lo que está en el subconsciente, a algunos pájaros esto les ha costado la vida, como aquel otro loro que tenía anotado en mi cuaderno, y que no era de ficción: uno que murió ejecutado en Atenas por un pelotón de fusilamiento en los años treinta por gritar «¡Viva Venizelos!» (el líder histórico de los derrotados liberales griegos). He ahí un loro que murió por la boca, como un pez.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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