«Es una ciudad de más de un millón de cadáveres, según las últimas estadísticas». Así comienza el poema Insomnio de Dámaso Alonso en el libro Hijos de la ira, escrito en 1944. Fue la ciudad eslogan de un «No pasarán» épico y bélico, y hoy, convertida en la zona cero del covid-19, es el epicentro vírico de todo un país, el campo de batalla de dos ideologías enfrentadas que anteponen sus ambiciones políticas al agudo problema sanitario, que si no fuera por la abultada cifra de muertos parecería un surrealista y grotesco espectáculo esperpéntico.

Vivo en Madrid, «cuchillo que me parte en dos mitades, corral urbano, puñal que me atraviesa», que escribí en un día lejano dibujando un poema, y durante un puñado de años me sentí, y me siento, acogido por su hospitalidad y por los vientos de libertad que siempre hicieron de Madrid una ciudad habitable, cálida y abierta a los tiempos que vivimos.

Vivo la locura madrileña con espanto capitalino, sintiéndome rehén de la pandemia, juguete de caprichos de un miserable egoísmo político, sin saber muy bien quiénes son los tirios y quiénes los troyanos. Solo tengo claro quiénes son las víctimas cuando el virus campa a sus anchas por las calles y los barrios de mi ciudad, llenando los hospitales y abarrotando las ucis, mientras se dirimen los aspectos jurídicos de un confinamiento exigible.

Sería una simplificación perversa enfrentar economía y salud, nada es blanco ni negro, y hay una amplia gama de grises, máxime en una comunidad relativamente pequeña que tiene casi siete millones de habitantes. Ni Madrid es un cortijo del Partido Popular, ni el Gobierno de la nación un ejemplo de eficacia socialdemócrata.

La presidencia de Ayuso es un dardo en el corazón político de Pedro Sánchez, que no puede soportar tener un adversario respondón en la capital del país. Y en el medio estamos nosotros, los madrileños, de nación y adopción, prisioneros en nuestra ciudad, sufriendo como apestados la madrileñofobia creciente en el resto del Estado, que ni siquiera podemos desplazarnos a ver la mar, ni alejarnos de Madrid, recuperando el monologo de Segismundo en La vida es Sueño de Calderón de la Barca, para gritar: «Y yo con mas albedrío tengo menos libertad».

La obscenidad de lo que está sucediendo, de lo que está pasando, no es descriptible en un artículo de un sábado; manifestar nuestro hartazgo solo es comparable con la demostración cotidiana de nuestra impotencia, no sabemos expresar con toda la fuerza que demanda la situación nuestra definitiva moción de censura a toda la clase política que sufrimos.

Y hoy mas que nunca hay que volver al maestro Dámaso Alonso, para escribir con mayúsculas que, «según las ultimas estadísticas, Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres».

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