Sanidad: ¿y ahora qué?


Dudo mucho que la clase médica de este país sea capaz de reaccionar y tomar decisiones para impedir el lento desmantelamiento y ruina del sistema sanitario. En principio, por dos buenas razones: su cobardía y su insolidaridad para sus propios miembros. De esta última razón he tenido constatación a lo largo de mis 40 años de vida profesional.

Para entender cómo se está desmantelando la Seguridad Social es preciso analizar los siguientes datos: el presupuesto destinado a sanidad es menor del 6 % del PIB y se ha venido recortando desde la crisis del 2012 (mientras, en EE.UU. dedican a sanidad en torno al 18 % de su PIB, con resultados peores). Se distribuye de la siguiente forma: el hospital recibe un 62 %; la sanidad primaria, un 14 %, y farmacia en torno al 24 %. Sanidad primaria, que inicialmente tenía un 20 % del presupuesto, ha bajado a menos de un 15 % su participación y para continuar siendo eficiente necesitaría al menos un 20 % y probablemente un 25 % de presupuesto. Si los medicamentos fueran expedidos no en las farmacias, monopolio privado, sino en los centros de salud o en los diversos hospitales, nos ahorraríamos un 6 % del presupuesto global de sanidad.

En este país la tasa de médicos especialistas está en torno a un 3,9 %, en comparación con el 3,5 % de media en Europa. Hace tres años no había un registro de los mismos ni se conocía cómo estaban distribuidos a lo largo de España. Esto significa que en unos lugares faltan especialistas y en otros sobran. La tasa de médicos de familia está en torno a un 0,85 % mientras en Europa la tasa media está en torno a un 1,05 %. Existe pues un déficit calculado de médicos de familia superior a los 2.000 en toda España.

La relación entre la sanidad primaria y la hospitalaria es casi inexistente. El médico de familia está pésimamente valorado en su trabajo, ninguneado en las facultades de medicina y socialmente poco considerado. Y sin embargo todo el mundo lo considera el motor de la sanidad del sistema español, paradigma del médico vocacional. Las consultas masificadas en primaria, con tiempos para cada paciente inferiores a 6 minutos, explican el cansancio, el burnt-out y el deseo de jubilación anticipada de estos profesionales.

Los políticos de cualquier signo no se han preocupado de hacer algo por impedir el deterioro de nuestra sanidad. Tan siquiera han tenido el valor de separar, dentro de la sanidad, lo público y lo privado, no sea que se atasquen luego sus puertas giratorias. El colega Juan Simó, máster en gestión hospitalaria, del centro de salud Rochapea-Pamplona, ha definido claramente lo que se ha hecho con la sanidad primaria: una beneficencia ampliada que evita el que puede.

Dos millones de mutualistas, al margen del sistema nacional de salud, intentan escapar de los centros de salud. Diez millones (pertenecientes en su mayoría a la clase media o alta), con seguros privados, reciben beneficios fiscales o están cubiertos gratuitamente (empleados de ayuntamientos, diputaciones, Banco de España, TVE…). Simó lo ha definido muy bien: es una especie de Robin Hood pero al revés; quitas el dinero a los pensionistas y con él incentivas o pagas seguros a ricos, jóvenes y sanos. Al final ambos pacientes, públicos o privados, recalan en el hospital público en un 93 % de los casos.

El hospital es una empresa ruinosa, sin alicientes para recompensar nuestro trabajo, calidad, empatía, entrega, regido por un comisario político llamado gerente. Este es elegido siempre a dedo y gestiona un presupuesto del que no rinde cuentas anualmente. Le rodea un coro de directores, subdirectores (en mi hospital he contado hasta 14 despachos), que suelen tener cualidades políticas similares y elegidos también democráticamente por su jefe. Solo existen tres países con este sistema de gestión política: Cuba, Corea del Norte y España.

La clase social más cobarde e insolidaria que existe es la clase médica a la que pertenezco. Nosotros somos los verdaderos culpables del estado lamentable de nuestra sanidad por nuestra mansedumbre, y los estudiantes por soportar la pésima enseñanza de la medicina en las 42 facultades (por cierto, tenemos la mayor tasa de facultades por millón de habitantes del mundo, junto a Corea del Sur).

He perdido la esperanza de un pacto por la sanidad; de una respuesta eficaz de mis colegas al lento declive de esta sanidad española que, pese a todo, continúa estando entre las mejores del mundo.

Por Manuel Ángel Seco Fernández Exjefe del Servicio de Urgencias y de Medicina Interna del CHUOU

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