Ayuda no, soluciones, señor Sánchez

J. Hellín. POOL

El 4 de julio, en plena campaña de las elecciones gallegas, Pedro Sánchez se plantó en A Coruña para decirles a los gallegos y a todos los españoles lo que debían hacer. «Hay que salir a la calle, hay que disfrutar de la nueva normalidad recuperada», sostuvo. El mismo día en el que mandaba a los españoles a tomar la calle alegres y confiados, la Generalitat de Cataluña confinaba a 200.000 personas en la comarca de El Segrià, en Lérida, ante la incapacidad para controlar la expansión del virus. Dos días antes, Sánchez había sido aún más explícito en el desprecio a cualquier riesgo. «Tenemos que perder el miedo al virus. Tenemos que salir a la calle», afirmó. Y el 5 de julio se mostró pletórico en otro mitin en Bilbao. «Hemos derrotado al virus, controlado la pandemia y doblegado la curva», clamó a una semana de las elecciones vascas. Un mes después, el 18 de agosto, el País Vasco decretaba la emergencia sanitaria ante lo que la propia consejera autonómica de Salud, Nekane Murga, calificó como un «tsunami» de coronavirus. No hubo entonces, por cierto, ningún reproche del PSOE o de Unidas Podemos a Cataluña y País Vasco por el fuerte rebrote.

 Para Sánchez, vencer al virus consistió en asumir el mando único y confinar estrictamente a todos los españoles en sus casas. Sin excepción y durante tres meses. Y cuando llegó el momento más peligroso -el de que los ciudadanos a los que animaba frívolamente a tomar la calle y a «disfrutar» convivieran a diario con el virus-, se desentendió por completo, se lavó las manos y endilgó toda la responsabilidad a las comunidades porque la cosa no iba ya con él. Ayer, cuando la situación sanitaria en la Comunidad de Madrid alcanza ya el nivel de catástrofe, el jefe del Ejecutivo ofreció «ayuda» para luchar contra el virus, como si fuera el presidente de un Gobierno extranjero y como si garantizar la salud de todos los españoles -en Madrid, en Galicia, en Cataluña y en todo el país-, no fuera su obligación y su responsabilidad, sino una concesión graciosa de su persona. «Venimos a ayudar a los madrileños», llegó a decir ayer. Si la curva baja, Sánchez proclama eufórico que ha vencido al virus. Si sube, la responsabilidad es de las autonomías y lo que ofrece el magnánimo Sánchez no son soluciones desde el Gobierno, sino «ayuda».

Independientemente de los inmensos errores que ha cometido el Gobierno de la Comunidad de Madrid, la campaña política desplegada desde el Ejecutivo, desde el PSOE y desde Unidas Podemos ha sido indigna, llegando a calificar a Madrid de «bomba vírica», y sin que falte la aportación del xenófobo Joaquim Torra anunciando que establecerá controles para todos los madrileños que lleguen a Cataluña.

El acuerdo alcanzado ayer entre Sánchez y Díaz Ayuso debería poner fin a una batalla política infame en plena pandemia. Pero la presión indisimulada de Sánchez para que Madrid pida el estado de alarma y el hecho de que el PSOE apoye una manifestación contra las medidas adoptadas en la Comunidad -¡avaladas por Illa!- no ayudan precisamente a creer en su sinceridad.

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