El derecho a la huelga es una de las piedras angulares de nuestra democracia. Se luchó por conseguirlo, se consiguió, y gracias a eso nuestra sociedad ha sido mejor de lo que era. Hubo huelgas variopintas. Unas infructuosas, otras exultantes, pero algunas han servido para consolidar fundamentos: erguidos sobre los pilares de la libertad. Conozco gentes que han militado durante lustros en un sindicato. Dejaron de hacerlo cuando percibieron que los fines no eran sindicales en sí mismos, sino políticos. Huyeron del sindicato: no con pesar, pero sí un poco más sabios. En todo caso, no trata de experiencias personales esta columna. Las vivencias individuales no deben generalizarse ni, mucho menos, proponerse como axioma. Por eso, lo particular es lo de menos. Hablemos de la actualidad. El presente es tan aciago que uno quisiera abandonar la ofuscación que le produce. Cuento por qué.
Comenzó el curso escolar el 10 de septiembre en la enseñanza primaria. Esta semana, después de demorarlo siete días, se inaugurará el de secundaria. Cualquier persona ajena al mundo educativo quizá ignore el trabajo que han desempeñado los docentes desde el mes de marzo. No conocerán ustedes a uno que no les diga que han sido los días en los que más han trabajado. Algunos también les dirán que fueron los más aciagos profesionalmente. El ejemplo de la comunidad educativa gallega ha sido para aplaudir. Y nadie los ha aplaudido. Ha sido para rendirse una vez más a su dedicación y eficacia, a su fortaleza y esfuerzo. Y nada. Pero perseveran. Unos ya han vuelto a las aulas. Otros lo hacen en unos días. Son ejemplares. Y esa ejemplaridad yo quiero destacarla. Me parecen el paradigma de la Galicia de luz de la que tantas veces he hablado. Pero están dolidos, lastimados por esta situación ingrávida en que todos vivimos. Por eso me vulnera que los sindicatos aprovechen el río revuelto para hacer sus campañas. Campañas políticas sensu stricto. Y lo digo sin ambages. No era el momento. Convocar huelgas, huelga. A mí, disculpen, hasta me produce pudor que lo hagan. Los docentes están en otra cosa. Mírenlos trabajando. Organizando, ordenando, formándose, creciendo en su profesión, que es una de las más importantes que se puede desempeñar en la sociedad. Mírenlos protegiendo al alumnado, y a la vez educando. Mírenlos discutiendo, para mejorar, con mascarilla en cualquier claustro. Mírenlos edificando día a día un país mejor. Por eso rechazan, mayoritariamente, las huelgas que unos pocos sindicatos convocaron. Las huelgas ya no son lo que eran.