A la izquierda de uno mismo


La percepción de Caetano Veloso, «me siento a la izquierda de mí mismo», refleja fielmente el sentir propio en este final de verano del covid. Y no tanto porque uno con la edad haya dejado de ser «liberal y pequeño burgués», sino porque se ha normalizado una determinada concepción de la política y de lo público que es difícil compartir. No tanto por el sesgo de ideología, sino por la desfachatez y la ineficacia en la gestión de lo público y en el discurso político que se ha ido consolidando desde el triunfo de aquella aznaridad, crecida con el riego de filesas y roldanes, bautizada por Vázquez Montalbán.

Aznaridad que logró su cénit no solo en la ola de privatizaciones de empresas públicas, sino en la gestión política de los atentados del 11 de marzo del 2004 y sus secuelas en el mandato Zapatero, incluido el bloqueo de las instituciones y particularmente del Poder Judicial. Aznaridad que tuvo en aquel tamayazo del 2003 un anuncio certero de las mañas de una cierta derecha económica y política ante los resultados electorales desfavorables, y que culminó con aquella proclama, ante Ana Orama, de Coalición Canaria, del luego ministro Montoro: «Que caiga España que ya la levantaremos nosotros». Negando el apoyo del PP a las tardías medidas del Gobierno, luego de la persistente negación de la crisis económica por Zapatero y su ministro Solbes, estremecedoramente reflejada en un debate electoral del 2008 entre este y el portavoz económico del PP, donde Manuel Pizarro hablaba de crisis económica profunda y Pedro Solbes le tachaba de demagogo y catastrofista.

Sensación de ineficacia en la gestión de lo público que se ha ido acrecentando con la acción u omisión de los gobiernos de Rajoy, con la actitud ante los graves problemas de su partido derivados de la Gürtel o del caso Bárcenas, y también ante las acciones colaterales al conflicto independentista en Cataluña. Conflictos y problemas que pusieron de manifiesto hasta dónde se podía llegar en el uso y abuso de las instituciones y administraciones públicas, desgarradoramente al descubierto ahora con el levantamiento del secreto sumarial de otra de las piezas Villarejo, la alcumada Kitchen. Una pieza que evidencia formas de usar el Gobierno y las administraciones donde la sordidez se ve en las mentiras de ministros y altos cargos, en la contratación de funcionarios de catadura apropiada para esas formas de gobernar usando en provecho propio las instituciones. O en la mágica interlocución del director espiritual (sic) de un ministro con un subordinado, solo comparable a esa contratación por Trump de un doble de Obama para poder despedirlo.

No es creíble entonces el argumento de Pablo Casado para que su partido paralice, y van dos años, el Poder Judicial y otras instituciones. Parálisis que responde a la forma de entender la democracia y las instituciones en función de sus propios intereses, convencidos como al parecer están todos de que la justicia puede ser controlable por los partidos políticos, lo que, a la izquierda de mí mismo, no se concibe. Aunque sea cierto.

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