Fragmentos de apocalipsis


Reconocerán ustedes que con Juan Carlos I, como Tintín, en el país del oro negro, y con el Deportivo, como Dante, en el averno (abandonad toda esperanza los que aquí entráis), tendremos que dejarnos bigote, aprender a jugar a huevo, pico, araña, y leer a Marsé. En realidad, lo que está pasando es que las cosas importantes no lo son tanto y el covid, como el esclavo que sostiene la corona de laurel de César, viene a decirnos recuerda que eres mortal.

 En los últimos años, el bigote era una cosa de Movember, la campaña contra los cánceres masculinos, que consiste en dejarse el mostacho durante el mes de noviembre entero, de forma que el día 30 todos los ofrecidos parecían los tres mosqueteros o Rock Hudson. Antes, cuando yo era niño, se veían personas por la calle vestidas enteramente de color morado y con un cordón amarillo a modo de corbata, en caso de los hombres, o como cinturón, si se trataba de mujeres. Mi madre me decía, enigmática, que estaban ofrecidos. Me habría ido mejor preguntando a Virgilio.

Pero lo importante es que eran personas que públicamente mostraban la ruptura con la sociedad.

Ahora las mascarillas están convirtiendo nuestras calles en ciudades asiáticas. A las mujeres, en musulmanas y a los hombres, en cirujanos. O al revés. Y con cosas como lo del fútbol, se nos van retirando las agarraderas. Necesitamos volver a recuperar los puntos cardinales pronto, y reconocer la luz de Venus. O si no, tendremos que inventarnos nuevos dioses para sustituir a los que la pandemia mata.

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