Septiembre negro


No voy a referirme al día 5 de septiembre de 1972, cuando el grupo terrorista árabe, Septiembre negro, asesinó durante las olimpiadas de Múnich a once atletas israelíes. Ni al 11 de septiembre del 2001, cuando otro grupo terrorista cambió el rumbo de la historia derribando las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York.

Este septiembre del 2020 a punto de comenzar, asiste al galope imparable del segundo de los jinetes del apocalipsis que recorre en mundo montado en su caballo negro del hambre, como cuando en 1348 la peste negra asoló Europa sembrando los campos y las ciudades con la muerte.

Volvió a suceder en 1917 con la monstruosa pandemia de la gripe española que amortajó a los jóvenes europeos. Ahora son los mas viejos el objetivo a abatir por el llamado covid-19 que ha supuesto que en España se cuenten a los muertos por decenas de miles.

Y aún nos falta, según los expertos y agoreros de todo tipo, profetas del pánico cotidiano, la segunda oleada del virus, la campaña viral de las dos gripes que va a llegar con el otoño, mientras la irresponsabilidad del Gobierno de la nación se enreda en querellas bizantinas, en falsas cogobernanzas, y reparte entre diecisiete comunidades fórmulas que la imaginación de gallegos y vascos, de andaluces y murcianos, de castellanos y canarios ensayan descoordinados para combatir los estragos que provoca la peste contemporánea. Solos, desamparados, ante el peligro común.

Llega septiembre y con él, el inicio del curso escolar, llega septiembre y el final de las vacaciones tradicionales, y los despidos temporales, y el cierre de pequeños negocios en pueblos y ciudades. Llega septiembre y se incrementa la deuda, el déficit publico, se agotan las arcas del Estado que asiste impávido a su merma histórica de liquidez, mientras vuelven a incrementarse las colas del hambre, las esperas ante Caritas o los bancos de alimentos como en abril y mayo.

El covid-19 no ha dado tregua. Levantó un espejismo que duró pocas semanas, pero ya está aquí septiembre negro o cuando menos septiembre gris, que llega cargado de temores y certeras incertidumbres, de otoños y de noviembre sucesivos con un horizonte de pandemias que no cesan, y dejan en un segundo plano el mapa feliz de las esperanzas.

Tras el caballo negro, rocín del hambre, que comienza a galopar, está el frío invierno, están los Presupuestos Generales del Estado que tendrán que afianzar el independentismo. Y así sobresale la incompetencia de un Gobierno obstinado en ponerse siempre de perfil, pase lo que pase cuando llegue septiembre.

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