Más y más desiguales


Cinco meses han transcurrido desde el inicio del estado de alarma, y mientras el aumento de rebrotes no cesa, cada día son más las localidades en las que sus vecinos llenan las aceras para rechazar la llegada de migrantes. Entre las recientes protestas racistas y las manifestaciones de mayo en Madrid, convocadas por Vox, emana un finísimo hilo conductor. La interrelación entre las variables de raza y clase social es inteligible como nexo entre ambas manifestaciones.

La clase trabajadora es la más vulnerable y expuesta al virus. Basta con estudiar las estadísticas de los contagios para comprobar en qué distrito de cualquier ciudad hay más incidencia. Los vecinos de los barrios obreros, la mayoría con contratos precarios, cuidaron durante interminables jornadas, de las necesidades más «esenciales» de la población.

El virus, también distingue de razas. Las consecuencias del 40 % del rebrote producido en el Segrià fueron sufridas por la clase obrera migrante. El origen se produjo en empresas agrícolas, donde los temporeros, en su mayoría migrantes viviendo en condiciones precarias, resultaron contagiados. Muchos de los que señalan a la población migrante como «posibles focos de contagio» son los mismos que organizan fiestas multitudinarias, acompañadas de numerosos manjares recogidos por personas a las que, mediante el uso de discursos racistas, intentar expulsar y catalogar como «ciudadanos de segunda». La desigualdad por cuestión racial presupone que los intolerantes jamás vivirán la situación que implica enfrentarse a una patera.

Mientras la economía se hunde, el Gobierno invierte en levantar nuevas vallas, más elevadas que el muro de Trump. El Mediterráneo sigue ahogando a miles de personas, y es evidente que no las abandona el mar, sino las insolidarias políticas migratorias y el silencio egoísta de gran parte de la sociedad. La ciencia encontrará, tarde o temprano, la vacuna para frenar el virus, sin embargo, los naufragios del Mediterráneo representarán una pandemia imposible de olvidar en la historia de una Europa indiferente.

Por Irene Graíño Calaza Cooperante

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