Deuda buena y deuda mala

ZUMA Wire dpa

Confieso mi veneración por Mario Draghi. El italiano que, en plena crisis de la deuda soberana y la eurozona al borde del colapso, salvó al euro. Hombre parco en palabras, disipó los negros nubarrones que se cernían sobre Europa con una frase antológica que debería ser grabada en el frontispicio del BCE que presidía: «Haré lo que sea necesario para preservar el euro y, créanme, será suficiente». Todos entendieron el mensaje: tengo en mis manos la máquina de imprimir dinero y estoy dispuesto a utilizarla. Lo hizo. Semanas después comenzó la compra masiva de bonos. Los mercados se apaciguaron, plegaron velas y aflojaron el nudo corredizo que ahogaba a los países del sur. España volvió a respirar. Y la moneda única, por la que no daban un céntimo los más sesudos economistas, sobrevivió hasta los tiempos de la pandemia. Quizá milagrosamente, como el propio Draghi reconoció en expresiva metáfora: «El euro es como un abejorro. Es un misterio de la naturaleza porque no debería volar, pero lo hace».

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