Elegía por el comercio desaparecido

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

ED

16 ago 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

El comercio es una extensión de la naturaleza: crea un paisaje, tiene su historia natural, su biología. Las tiendas son, en efecto, seres vivos, un ecosistema no muy diferente a un bosque. De hecho, como en el bosque, es el sol, en gran parte, el gestor secreto de su orden. En las calles orientadas de este a oeste, al menos en nuestro hemisferio, la gente tiende a caminar más por el lado norte, que es el más soleado. Me he fijado que las tiendas de esa acera suelen ser más caras, porque los locales son más rentables y los alquileres suben más rápido. Existe toda una topografía del comercio: en las calles curvadas, las mejores tiendas están en el exterior de la curva, porque es hacia donde miran más quienes caminan por ellas. La gente acelera al pasar frente a oficinas y bancos, pero se demora al caminar frente a escaparates. Cerca de un hospital suele haber puestos de flores y los quioscos acostumbran a estar cerca de las paradas de autobús. Si abren un colegio nuevo en una calle aparecerá un paso de cebra que, por sí solo, acabará alterando la geografía comercial de la calle, porque hará variar ligeramente el flujo de peatones, el lugar en el que se paran y miran a su alrededor, el tiempo durante el que se detienen.

En una época de crisis como esta el ecosistema del comercio experimenta una catástrofe tan visible como un incendio forestal o una plaga. De repente, el escaparate y la puerta de cristal de una tienda amanecen con una mancha blanca de pintura, como el brochazo de un pintor vanguardista; luego su interior queda dolorosamente vacío en un acto de taxidermia, y poco después aparece un letrero en la fachada con un número de teléfono, que en el ecosistema del comercio es el equivalente a una esquela. Es algo triste de ver, porque nos deja adivinar el sufrimiento humano que hay detrás: los apuros económicos, las ilusiones naufragadas. También nos hace entender que nosotros perdemos algo, porque el comercio es una parte importante de nuestras relaciones sociales, de nuestra vida, de nuestras rutinas y de nuestros recuerdos. El consumismo tiene mala fama, pero, en realidad, no es más que la forma hipertrofiada del instinto profundamente humano de intercambiar cosas, que no es mucho menos humano que intercambiar palabras o sentimientos.

Por ejemplo, yo estos días estoy en Lugo, que para mí está poblado ya de fantasmas: el bazar 0,95, donde comprábamos aquellos tirachinas en forma de avión; el librero de viejo Fusalba, donde adquiríamos los cromos del álbum Maga; La Queta, donde nos pertrechábamos de canicas; Loterías, donde nuestros padres nos compraban los Mortadelos…

Ya hace mucho que no están ninguno de esos comercios. Y, sin embargo, tantos años después, yo todavía tengo el impulso inconsciente de mirar sus escaparates desaparecidos; y si quiero tomar un helado me dirijo instintivamente hacia La Suiza, que tampoco está ya. Es una sensación extraña, esta de andar por una ciudad y tener en la imaginación otra que coincide en su forma, pero no en su contenido. Paseando por las calles me encuentro con pena, también aquí, la pintura blanca en los escaparates vacíos y los carteles de se vende o se alquila con el fúnebre número de teléfono, pero me alegro de ver a los que aguantan, algunos tan antiguos que son como esas ancianas con mala salud de hierro que lo soportan todo. Y entonces me dan ganas de entrar y de comprar unos pasteles que no me apetecen o unos zapatos que no necesito. Porque, aunque el consumismo tenga mala fama, en realidad también tiene su lado sentimental.