La mascarilla y la mirada


Después de todo lo vivido este año conviviendo con la pandemia, en la que todos hemos sido los protagonistas principales, ahora volver a la realidad ya no tiene tanta emoción, aunque algunos se empeñen en llamarla «nueva normalidad». Como si lo normal fuera nuevo. Pues no, nada es nuevo. Nuestro gustos, nuestro ocio, nuestras costumbres son las mismas de siempre, menos por un detalle: la mascarilla.Este nuevo elemento que nos han obligado a llevar, y que muchos gurús de la moda ya lo incluyen en su fondo de armario, se ha convertido en un enemigo para unos y en un negocio para otros. Lo mejor es que todos podemos comprar una a nuestro gusto. Las hay de todos los colores, a rayas, a cuadros, del Fortnite, con el escudo de tu equipo, a juego con la falda o con el bolsillo de la camiseta, de marca y de farmacia, para los funcionales. Si para las influencers ya era complicado combinar el bolso con los zapatos, ahora llega un nuevo reto. Puedo imaginarme millones de selfies en Instagram de looks con mascarilla para la mañana, para un desayuno informal, para la tarde, o para un concierto de «nueva normalidad». Por no hablar de los millones de tutoriales que explican como maquillarse para que la mascarilla no se lleve el color y no parecer una calcomanía. Visto así puede llegar a generar cierto agobio. Pero si lo utilizamos solo como un elemento que se coloca tapando la boca y las fosas nasales para protegerlas de la inhalación de atmósferas peligrosas, podemos observar en los demás algo a lo que hasta ahora no prestábamos demasiada atención. Algo que antes formaba parte un todo, pero que solo ella puede decir más que nada. Lo que la mascarilla no esconde: la mirada.

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