Ordenar el territorio


Es muy probable que la idea de ordenación del territorio pueda parecer obsoleta. Por jerarquizante e impositiva. Como explicaba Bernardo Secchi, durante años se ha intentado defender el urbanismo como el medio para poner orden en el caos, cuando su capacidad principal es poner en valor lo singular y permitir crear un modelo de desarrollo -que no, necesariamente, crecimiento- para una ciudad o un territorio.

Es, sin duda, necesario que se construya una base normativa. Es imprescindible garantizar la preservación de espacios sensibles. Pero la ordenación del territorio puede ser, también, el paraguas que acoja propuestas concretas, enfrentandose a retos sociales, económicos y medioambientales. Identificar sinergias, estimular políticas urbanas y territoriales diversas, fomentar la mejora de la movilidad, contribuir a la equidad, son solo algunos de los aspectos que tienen cabida en planes de ordenación de diversa escala.

Responder a los retos sociales desde el territorio implica plantearse la necesidad de repensar los límites administrativos -o de fomentar, al menos, los servicios compartidos entre ayuntamientos-. Es por ello que el debate sobre la sanidad y la educación, incluso sobre la vivienda, no se comprende si se desarrolla al margen de la planificación territorial. Dar respuesta a los retos económicos requiere empezar por huir de luchas cainitas entre pueblos y ciudades. La implantación de un polígono industrial o el desarrollo turístico de un lugar, entre otros, es una ventaja para un área concreta y no un activo particular de un municipio. El reto medioambiental es el más transversal. La urgencia de una política forestal rigurosa -que evite el incremento del monocultivo de eucalipto-, así como la necesidad de ofrecer alternativas que permitan la conservación de suelos agrícolas determinarán el desarrollo de planes que garanticen la sostenibilidad del territorio a medio plazo.

En consecuencia, la ordenación del territorio, y la planificación urbana en general, sería conveniente que dejase de conformarse con lograr consensos de mínimos y aspirase a la transformación real mediante el estímulo de máximos.

Por Luciano G. Alfaya Profesor de la Escuela de Arquitectura Cesuga-USJ

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