Un metro y medio


En realidad, cuando dos camareros portugueses se estrechan la mano y se saludan al principio de la jornada, lo que están haciendo es marcar los límites y establecer el respeto mutuo. Esa sensación tuve también siempre de niño cuando veía los dos besos que el entonces presidente de Francia, Valéry Giscard D'Estaign, endosaba a sus altos visitantes extranjeros. Aunque a los niños de entonces nos hacía mucha gracia que los hombres se dieran besos como nuestras abuelas, el francés estaba estableciendo barreras infranqueables. Cuando el entrenador de fútbol Rafa Benítez se fue al Liverpool explicaba que allí los forofos lo saludaban por la calle con entusiasmo, pero no cruzaban la acera para tocarlo. No invadían su espacio personal.

Lo de mantener la separación no me parece tan mala idea, aunque se resienta el crecimiento demográfico. Los españoles hemos sido muy tocones y muy escandalosos -en Galicia sabemos que ya han llegado los veraneantes de Madrid porque entran en las tiendas gritando- y, aunque de lo segundo no dice nada el Ministerio de Sanidad, yo lo metería en el paquete por si colara. Porque la amabilidad y la simpatía, la alegría de vivir, no puede expresarse a despecho de inglés, que -como diría Gila- si no sabe aguantar una broma, que se vaya del pueblo.

Pero hay gente que no sabe vivir sin expresarse libremente. Te gritan, te abrazan, te quieren, qué le vamos a hacer. A lo mejor en esto consiste ser muy españoles y mucho españoles, que diría Rajoy. ¡Ay, cuánto lo echamos de menos!

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