Juan Carlos I y la noche larga


En la redacción central de este periódico, entonces en la calle Concepción Arenal de A Coruña, quedamos cuatro personas a partir de las dos y pico de la madrugada: el director, el subdirector, un compañero cuyas simpatías ideológicas estaban con la ultraderecha y el autor de estas líneas. Curiosa y sorprendentemente, el resto se fueron yendo, bien por inconsciencia, bien por creer honradamente que no hacía falta que se quedasen, bien por miedo. Eso lo sabrá cada uno. La última en marcharse -y en pleno ataque de histeria- había sido una compañera que, al oír un motor excesivamente revolucionado de un Seat 850, lo confundió con la presencia de carros de combate.

Mi problema era que la noche anterior la había pasado alegremente, así que había dormido poco, y no tuve otro remedio que dormitar a ratos sobre la mesa. A las seis y media, todavía de noche, no pude más y me fui al despacho del director a comunicarle que me iba a dormir unas horas en casa, a lo que accedió sin problema: «Vete tranquilo, no va a pasar nada». Regresé a las once y media, tras haber metido la cabeza en agua bien fría. Todo había acabado.

Aquel 23-F yo fui uno de los que se acostó republicano y se despertó, horas después, juancarlista.

Batallitas de abuelo que no soy. Porque nada en el día a día de Juan Carlos I permite pensar en ese pasado de honor, voluntad de servicio y valentía que se le escurre entre las manos.

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