Urkullu: 22,6 millones por kilómetro


Hasta ahora en España habíamos conocido, y a base de soportarlo lo habíamos dado incluso por bueno, el modelo político mediante el cual los votos de cualquier partido cuyo apoyo necesitara el gobierno de turno se subastaban en el Congreso alcanzando en ocasiones precios de escándalo. Durante décadas, cuando tras el recuento electoral ninguna fuerza política lograba la mayoría absoluta, en las sedes de los partidos nacionalistas se brindaba con champán, fuera cual fuera el resultado, porque eso auguraba cuatro años de abundancia a cobrar en cómodos plazos anuales cada vez que hubiera que aprobar unos Presupuestos. Así ha sido siempre en España, con el añadido de que a esos partidos no solo había que comprarles los votos al precio que estipularan, sino además darles públicamente las gracias por su gran sentido de Estado.

Todos los nacionalistas han aplicado esa fórmula en algún momento. Pero el maestro absoluto en esa suerte política ha sido siempre el PNV. No hay nadie en España que haya alcanzado mayores cotas de deslealtad con cualquiera que haya firmado un pacto con ellos. Y, sin embargo, todos acabaron llamando a su puerta. Daba igual que el cliente fuera Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy o Pedro Sánchez. El PNV siempre estaba ahí para poner su mercancía sobre la mesa, fueran cinco seis o siete sus escaños. Su obra maestra ha sido combinar siempre ese mercadeo con las tontainas alabanzas de sus compradores a su altura de miras. Mariano Rajoy, que siempre presumió de desconfiado, todavía trata de entender cómo le aplicaran el tocomocho de pagar a precio de oro los votos del PNV para sacar adelante los Presupuestos para que una semana después ese mismo partido propiciara su desahucio de la Moncloa revendiendo esos mismos votos a Pedro Sánchez con nuevos réditos sobre lo ya cobrado.

Hasta ahora, decía, habíamos llegado a dar por bueno, y hasta conveniente, que hubiera partidos dispuestos a completar las mayorías pasando siempre por caja. Pero ha sido en plena pandemia, y en medio de una hecatombe económica, cuando ese sistema ha alcanzado el grado máximo de abyección. Ha sido necesario tener un presidente tan en precario como Sánchez y un lehendakari con tanta doblez como Íñigo Urkullu para que veamos el espectáculo insólito de un presidente vasco cobrando no ya por prestar sus votos en el Congreso, sino por asistir a una conferencia de presidentes. Urkullu puso precio a su desplazamiento desde Vitoria a San Millán de la Cogolla, en total, 75 kilómetros. Un déficit del 2,6 % para el País Vasco. O, lo que es lo mismo, 1.700 millones de euros de margen. Son 22,6 millones de euros por kilómetro. Sánchez lo pagó, mientras deja a las demás autonomías a ciegas para elaborar sus presupuestos y con expectativas de déficit autorizado mucho menores. Y, como es de rigor, Urkullu no solo es el más listo y el que más cobra, sino que además hay que hacerle la ola por aburrirse unas horitas con el resto de presidentes, que son al parecer seres inferiores.

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Urkullu: 22,6 millones por kilómetro