Mañana es el día de Santiago Apóstol, el hijo de Zebedeo, el patrón de España, «santo adalid patrón de las Españas, amigo del Señor», que así comenzaba su viejo himno, al igual que el «Santiago y cierra España» que era como concluía la última estrofa del canto oficial del cuerpo militar de infantería, y el mensaje de los combatientes españoles en la batalla de Otumba, y quién sabe si no fue escuchado en la batalla de Clavijo, en la que la leyenda hace partícipe al mismo Santiago cabalgando su blanco caballo.

Ahora, aquellos fastos de la capital de Galicia que quemaban pirotécnicamente la fachada del Obradoiro son simplemente las fiestas del Apóstolo en su acepción más popular y campesina, olvidando que Compostela desde hace varios siglos es la ciudad universitaria más culta de Galicia.

Y el patrón de España, de todas las Españas, es hoy únicamente el patrón de los gallegos que todavía se rigen por el calendario, por el santoral católico, porque en realidad se ha convertido en la fiesta nacional gallega, en el Día de Galicia, y también, desde hace unos años y asumido por la izquierda nacionalista, en el Día da Patria Galega.

No sé bien si somos una nación sin Estado, o un estado (de ánimo) sin nación.

Pero aquel viejo santo, miembro del llamado círculo de dilectos tan próximo al Jesús bíblico, aquel que navegó hasta Iria Flavia en una barca de piedra acompañado por dos discípulos, Atanasio y Teodoro, que están junto a Santiago el Mayor enterrados en la cripta de la catedral de Compostela, donde las leyendas más o menos literarias quieren ubicar los restos de Prisciliano de Ávila, tiene cada 25 de julio su fecha subrayada en rojo festivo en los calendarios.

Y si san Juan inauguraba y bendecía la mar en los veranos de mi infancia, Santiago consolidaba la canícula veraniega cuando las jornadas de calor son más acusadas. Y en mi pueblo, en Viveiro, se sucedían los días de fiestas celebrando el Santiago de la mar, el Santiago de Celeiro, en que los marineros partían en dos mitades la costera del bonito. A los que seguía santa Ana de Magazos y finalizaba con la fiesta campesina de san Pantaleón de Galdo, que tenía un bello colofón con el baile y la kermés en el casino de Viveiro.

En fin, batallitas nostálgicas de abuelos cebolletas aparte, quiero únicamente reivindicar la memoria de un Santiago gallego que desde hace siglos indica a los viajeros, a los peregrinos, dónde está el final del Camino, que siguen dibujando las estrellas que guían a quienes las siguen hasta Compostela, la ciudad universal del Apóstolo.

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