Votamos lo que nos peta

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

PACO RODRÍGUEZ

Creía, ingenuo de mí, que el menosprecio y vilipendio de los gallegos era cosa del pasado. Me equivoqué. Los resultados electorales del domingo han desatado en las redes sociales una marea de ataques xenófobos contra los gallegos. La ristra de vejámenes no cabría en este periódico. Galicia «es una fábrica de fachas», poblada por «viejos ignorantes fascistas que añoran a Franco y no saben votar». Caterva de «provincianos» y «paletos» que adoramos a un franquista y practicamos el masoquismo: «Sarna con gusto no pica», apostilla un tuit. Solo les faltó decir, porque estos analfabetos funcionales no son gente leída, lo mismo que Pedro Fernández de Castro, el gran conde de Lemos, puso en el pico de las aves españolas que aldraxaban a nuestro moucho: «Antes puto que gallego».

Todo este alud de xenofobia, amparado por el anonimato de las redes, no tiene paternidad. Aunque resulta obvio que sus autores están disgustados con el resultado electoral. Como tampoco le agradó a Vox. Pero, al menos, Ortega Smith dio la cara: nos agredió al calificar a Castelao de «racista, antiespañol y xenófobo» y después reforzó el galleguismo de Feijoo al acusarlo de «separatista». Supongo que el presidente, satisfecho, se lo habrá agradecido en privado.

Lo cierto es que el aldraxe masivo me ha chafado el artículo. Pensaba escribir sobre la cuestión identitaria y su influencia, a mi entender decisiva, en los resultados electorales. La capacidad del PP, desde el «Galego coma ti» de Fraga hasta el «Galicia, Galicia, Galicia» de Feijoo, para aglutinar el galleguismo conservador. El exitoso tercer aggiornamento del BNG, esta vez bajo el liderazgo de Ana Pontón, para ofrecer una imagen más dúctil, más amable y menos dogmática del nacionalismo. Y el fracaso de un PSdeG empeñado en mantener la etiqueta de sucursal o franquicia del Gobierno y olvidar que el socialismo gallego solo fue algo -Laxe, Touriño- cuando reconoció la identidad nacional de Galicia y obró en consecuencia.

Ese era mi propósito antes de tropezar con esa visión degradante de Galicia que creía desterrada. Cierto que el desprecio a los gallegos viene de viejo. Incluso se puede rastrear en la obra de los clásicos. «Lo que llaman reino de Galicia» era, en poema de Góngora, un conjunto de «tetas de vacas», «mozas rollizas de anchos culiseos», «búcaros pigmeos» y otras ingeniosas sandeces. Pero los tintes despectivos con que nos pintaban tenían al menos una explicación: éramos pobres. Y nada hay más reñido con la hermosura y la virtud que la pobreza. La ilustre fregona de Cervantes, «que parecía cosa del cielo», era hija de una virtuosa hidalga de Castilla; sus dos compañeras, feas, inmorales y licenciosas, eran gallegas.

Los ataques xenófobos solo nos ofrecen un motivo de orgullo: somos diferentes. Ni mejores ni peores, pero con identidad propia. No aramos como los demás españoles. Si lo hiciéramos, elección tras elección, no existiría Galicia. Seríamos Extremadura con dos provincias más. Así que votamos lo que nos peta y ustedes redoblen sus insultos.