Con las manos en la masa


Viendo esta semana en la televisión el programa de Elena Santonja, de los años ochenta, que ahora se recupera, me entró una profunda nostalgia y envidia del pasado. De aquellos años que ninguno de los Pablos vivió y que el presidente del Gobierno no recuerda. Con las manos en la masa era como lo que intenta hacer ahora el otro Pablo en su hormiguero con muchos más medios y muchísima menos cultura. Elena Santonja estaba casada con Jaime de Armiñán, Goya Honorífico en el 2014 y director de Mi querida señorita, película que descubre que, bajo el actor histriónico y comercial que era José Luis López Vázquez, se encontraba escondido un diamante. Por su programa de cocina desfilaban actores y escritores, y se hablaba de Quevedo y de Pessoa, de los clásicos griegos, de teatro, de cine, a veces, muchas, de la felicidad del alma. Y lo que prometía ser un recuerdo amable resultó, por contraste con la televisión de ahora, que es fiel reflejo de la vida, un sentimiento de desencanto y frustración. Por eso yo desde aquí pido la dimisión inmediata de los Pedros y los Pablos que mandan y que se oponen, que dicen, que nos dan instrucciones desde sus escaños y sus micrófonos, y nos explican cómo es la vida; lo que está bien y lo que está mal. Exijo que dimitan y no vuelvan a aparecer hasta que, como mínimo, se hayan leído La Odisea y El Quijote. Y si encima le echan un vistazo a Campos de Castilla, mejor que mejor. Porque esto se ha convertido en un país vulgar, mojigato, intolerante y simplón.

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