El árbol de judas

Las leyendas son como esas discusiones de taberna en las que varios amigos se pelean por quién tiene la razón, cuando no la tiene ninguno


Vivo en una calle de Madrid a la que Neruda dedicó un poema en el que dice que allí «estallaban geranios». Sigue siendo así, exactamente. También abundan los árboles -altos y de copas engordadas, porque la calle está orientada al sur. Son una alternancia de acacias y almeces que, en los cruces, se contorsionan buscando la posición más cómoda para recibir el sol. Desde la ventana de mi despacho puedo casi tocar las ramas de uno de esos árboles. De ellas cuelga un nido en el que una familia de pájaros se ha pasado el confinamiento, saltándoselo muy a menudo.

Ayer, precisamente, iba fijándome en los árboles de la calle cuando, al doblar una esquina, me encontré con uno en el que no había reparado antes. Era un «árbol de Judas», con sus hojas cordiales de color verde claro por la palma y gris-azulado por la dorsal. Basándose en esa forma de corazón de sus hojas, y queriendo borrarle el estigma de su nombre, a algunos les da por llamarle el «árbol del amor». Como si el corazón no pudiese contener otros sentimientos más que ese, cuando en realidad es que es un músculo que puede abarcarlos todos, incluidos los que albergaba el propio Judas.

Para mí un viejo conocido, el árbol de Judas. Los he visto en Estambul, a las orillas del Estrecho del Bósforo, avistando los barcos que pasan como en el poema de Espronceda, con «Asia a un lado, al otro Europa». Llevan allí desde los lejanos tiempos de Bizancio. A los emperadores de Constantinopla les gustaban especialmente, porque en primavera florecen con un púrpura intenso, que es el color del poder. Sobre todo, me los he encontrado a menudo en Oriente Medio: en Siria y Palestina, que es de donde este árbol es, en realidad, originario. Al parecer, de ahí lo trajeron a Europa los cruzados en sus alforjas, aunque eso se dice de demasiadas cosas como para que les cupiesen todas.

El nombre de «árbol de Judas» le viene de una leyenda apócrifa. Sería esta la especie forestal elegida por Judas Iscariote para ahorcarse, presa de sus remordimientos -las treinta monedas de plata sembradas a su alrededor, relucientes pero estériles. En Jerusalén, los guías siempre te cuentan que esto sucedió, en concreto, en el lugar al que llaman La Colina del Mal Consejo, que es un sitio que conozco bien porque era donde se encontraba nuestro economato cuando yo trabaja allí para las Naciones Unidas -lo que no sé si tendrá algún mensaje oculto. Tengo que decir que, por mucho que busqué por los alrededores un árbol de Judas, nunca encontré ninguno. Pero no hay problema, porque otra leyenda dice que lo calcinó un rayo. Es lo que tienen las leyendas: son como esas discusiones de taberna en las que varios amigos se pelean por quién tiene la razón, cuando no la tiene ninguno.

A juzgar por el color oscurecido de la corteza, este árbol de Judas de Madrid debe de llevar ahí muchos años. Me pareció que, en lo alto de la copa, una rama estaba rota, arrancada por una fuerza que hubiese tirado de ella de arriba abajo, quizás una cuerda. La luz intensa del sol de julio hizo brillar en el suelo algo que parecía una moneda. Pero entonces pasó la sombra de una nube y vi que me había equivocado, y que la rama no estaba arrancada sino talada limpiamente por la sierra de un jardinero municipal, y lo que brillaba junto a las raíces del tronco, entre la caca de los perros, no era una moneda de plata sino la anilla arrancada de una lata de cerveza. Supongo que, a los árboles, acostumbrados a proporcionar sombra y siesta, les gusta provocar esta clase de ensoñaciones. Y una historia no es, en el fondo, sino la sombra de lo que puede ser.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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