Carteleras


«Mayores de 14 o menores acompañados». Este era el cartel que temíamos todos los que éramos niños en la década de 1970. Claro que era peor el de «Mayores de 18 años». Cuando lo veíamos en la cartelera de la sala de cine, entre las fotos de Nadiuska sujetando el filo de una toalla o las de vampiros de Paul Naschy -alias Jacinto Molina Álvarez-, ya sabíamos que ese era un terreno vedado que solo podíamos atisbar en esas fotos, como quien mira por el ojo de una cerradura.

En este caso ponían Lawrence de Arabia en el cine Kursal de Lugo. Y era para «mayores de 14 y menores acompañados». El único adulto que podía acompañarme era mi padre, y él trabajaba todo el día. Cuando llegaba a casa, hasta se quedaba dormido delante del televisor -lo llamaba «dormir una película»-. Y él ya había visto Lawrence de Arabia cuando se había estrenado. Tenía pocas esperanzas de convencerle. De modo que, durante varios días, de camino al colegio o a la vuelta, me quedaba mirando la cartelera, con sus imágenes exóticas de desiertos lejanos, palmeras, combates y beduinos. Había leído la historia de Lawrence en Joyas literarias juveniles, así que podía atar los cabos entre foto y foto, y ver así la película en mi cabeza -cuando uno es niño, lo quiere todo, pero se conforma con muy poco-. Hasta que, el último día que la ponían, mi padre me dijo inesperadamente: «Venga, péinate con el peine mojado y vamos». Solo nos peinábamos con el peine mojado para ir a misa o al cine, y no era domingo. Íbamos al cine.

La película me deslumbró, desde el primer plano del desierto, con la amplia ola melódica de la música de Maurice Jarre, hasta el final. Y eso que el final se hace esperar, porque la película dura casi cuatro horas. Afortunadamente, había un descanso, en el que pude despertar a mi padre, que se había quedado dormido, para que me comprase una Mirinda, porque tanto desierto me había dado una sed tremenda.

No es cierto que la vida dé muchas vueltas: la vida es un ente inmóvil y quien da vueltas es uno mismo. Y a veces sucede que una película que vimos nos arrastra tras sus pasos. La casualidad y las circunstancias han hecho que, muchos años después, me haya tocado ver aquel mismo desierto rojizo de Wadi Rum, entrar en el puerto jordano de Aqaba, visitar El Cairo y Damasco... También pude conocer Sevilla, que es la que, en realidad, hace de El Cairo en la película; y la playa del Algarrobico, Almería, que es la que hace de Aqaba. El lugar está dominado hoy en día por un hotel horroroso y en la posición de cámara hay un cubo de basura. Las dunas en las que se libra la famosa emboscada al tren están bajo los plásticos de los invernaderos. Yo encuentro poética esta transformación de lo épico en prosaico.

Y también de lo prosaico en épico. Ahora leo en una noticia de hace tiempo que unos arqueólogos han localizado por casualidad el lugar exacto de aquella emboscada, que está justo en la frontera entre Jordania y Arabia Saudí, y allí, entre toda la quincalla de la guerra, han encontrado una bala de un Colt automático, el arma no reglamentaria que solo usaba Lawrence. Los profesores de universidad británicos llevan décadas deconstruyendo a Lawrence, diciéndonos que se inventó sus aventuras. Pues esta no.

No existe ya el cine Kursal. Hace mucho que lo cerraron y lo convirtieron en un párking subterráneo. Pero también ha quedado su huella. Para los que lo conocimos como cine, la entrada al aparcamiento es inconfundible: allí, al fondo a la izquierda, estaba la taquilla, a un lado y al otro, las carteleras. De frente, la entrada al mundo de los sueños.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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