La versión del taxista

Carlos G. Reigosa
Carlos G. Reigosa MI QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

Santi M. Amil

De repente me di cuenta de que iba en un taxi y que su conductor se pasaba los días recorriendo calles y callejas observándolo todo. Fue entonces cuando sentí una súbita curiosidad por conocer sus opiniones, y así se lo dije. Le pregunté cómo veía lo que estaba sucediendo y a qué conclusiones había llegado. El hombre me observó un instante por el espejo retrovisor y luego dijo: «Ya lo ve usted. Abundan las tiendas cerradas y, las que han abierto, aún tienen poca gente. Todo parece muy complicado».

«Pero usted, que se pasa los días recorriendo calles de barrios muy diferentes, ¿cómo lo ve?», insistí. El hombre respiró hondo y después soltó: «Mi opinión no importa nada, pero, mire, yo creo que van a seguir los que son propietarios de la sede de sus negocios y no lo van a hacer muchos de los que están de alquiler. Esta crisis no es como se cuenta. Es más grande, y la recuperación será más difícil de lo que se dice».

«Y a los políticos, ¿los ve a la altura del desafío?», le pregunté. «Los políticos van a lo suyo -respondió-. Yo no creo mucho en sus rollos, pero tampoco se puede estar sin ellos. Alguien tiene que proponer y debatir cosas. A mí no me gusta cuando se desafían y se pelean, porque nadie debería cobrar por armar líos y enredar, ¿no cree?... Mire esa cafetería de ahí enfrente, vea la tienda de ropa que está al lado y todo lo que nos rodea. ¿Cuándo volverán a estar como antes del lío del virus? No, no va a ser fácil».

Habíamos llegado al punto en el que yo debía bajar del taxi y le dije: «Lamento no poder seguir esta charla, pero usted tiene que ir a lo suyo… y yo a anotar algo de lo que me ha dicho». Abrió los ojos y exclamó: «No, yo no le he dicho nada importante. Solo le he contado lo que pensamos algunos. Nos pasamos el día viendo esto y sabemos que aún falta mucho para salir del socavón. Pero yo no soy pesimista. Si usted estuviese en mi pellejo, quizá lo viese todo peor que yo. A mí me gusta mi oficio y sé que ahora toca resistir y luchar. Es lo que hay».

Pensé entonces que aquel hombre encarnaba a un taxista universal y no tenía sentido ubicarlo en una calle de Galicia o de Madrid. Por eso no lo hago. «Que tenga un buen día», me dijo. «Lo mismo le deseo», respondí. Y nos miramos con afecto mientras nos perdíamos de vista.