El insulto como argumento


Cuando se oyen algunos debates en las asambleas parlamentarias se entiende por qué los políticos constituyen, tras el paro, la principal causa de preocupación de los españoles. Según un sondeo, un 93 % de los ciudadanos ven crispada la vida política, un 94 % consideran «inadmisible» que en el Congreso se recurra a expresiones despectivas o insultantes, y un 85 % sostienen que el peligro para la democracia no es tanto el encadenamiento de la emergencia sanitaria con una crisis económica como «la manera de actuar de muchos de los políticos».

Efectivamente, los niveles de zafiedad y el recurso al insulto son preocupantes. A ellos se suman las falacias y el lenguaje torticero, con términos más propios del Código Penal con los que se pretende convertir a los adversarios políticos en delincuentes. Si se añade algún escupitajo denunciado por el destinatario y negado por el supuesto emisor...

Un diputado abre fuego llamando palmero a otro y de rebote recibe un «imbécil» que caldea el ambiente en su bancada. Asesinos, terroristas, fascistas, golpistas, canallas, gilipollas, traidores, capullos... son insultos que se han escuchado en el hemiciclo del Congreso. En unas ocasiones se trata de expeler la rabia acumulada. En otras, de provocar al adversario. Algunos llegan a alardes de elocuencia como el de una oradora que dijo durante un debate en la Cámara Baja: «En mi coño y en mi moño mando yo y solamente yo». Se puede tener razón o no, pero quien pierde las formas aparece como que no tiene ni formas ni razón. Por sus formas, pocas manifestaciones han alcanzado la rudeza del mensaje público que un exdiputado ha enviado a los que fueron sus compañeros en el partido que recientemente abandonó: «Vosotros, traidores, me vais a comer la polla por tiempos», escribió. Ojipláticos nos quedamos, como se dice ahora.

Más comedido fue un exministro que, tras escuchar una lindeza de grueso calibre, respondió a quien se la había dicho: «Una vez más ha vertido sobre el hemiciclo esa mezcla de serrín y estiércol que es lo único que usted es capaz de producir».

Pues bien, a la persona pública que se dedica a esparcir estiércol poco tiempo le queda para contribuir a solucionar los problemas de los ciudadanos. Quizá cambie esto el día que los electores dejen de excitarse con el discurso del odio y el insulto y voten según su reflexión personal.

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