Dos talaveranas en Qingdao (China)


A finales del 2019 estuve dos meses de profesor visitante en Qingdao. Tuve ocasión de dar clases e investigar en mis temas habituales. Y también de conocer aquel lejano y fascinante país. Mi actividad académica en la Universidad de Shangdong me trajo recuerdos de mis tiempos de estudiante (1967-72) en Madrid: alumnos asistiendo a clase y en silencio, profesores saludados con respeto, tranquilidad absoluta en el campus universitario, cuyas actividades se iniciaban a las 6.30 de la mañana y terminaban a las 10 de la noche.

Pero no es ese mi tema, sino el hundimiento de la industria del aluminio gallego, que añade en Galicia miserias a las traídas por el covid-19 importado de China. Paseando por la ciudad un día, mirando al suelo vi dos tapas de hierro de los pluviales, sorprendiéndome ver en dos de ellas la inscripción «Ayuntamiento de Talavera de la Reina». A mi pregunta los colegas chinos respondieron sencillamente. «Puede ser algún encargo que se quedara aquí y lo aprovechamos». Luego me enteré que Caballero (Vigo), hermanó la ciudad olívica con Qingdao por sus intercambios comerciales para la iluminación de led mas importante del mundo. Las importaciones desde China a España son enormes pero ahora, de rechazo, han resultado en el hundimiento de las Alcoa de A Coruña y San Cibrao, pues la industria china produce aluminio más barato que el gallego (lo de gallego es relativo). Las bauxitas que se transforman en San Cibrao o en A Coruña proceden de África. Y la electricidad depende de las centrales térmicas de As Pontes y de Meirama, donde arde el carbón importado desde cualquier parte del mundo que lo tenga más barato (Polonia, Estados Unidos, Sudáfrica, Indonesia… etcétera.) El lignito gallego fue un tremendo error (y soy caritativo) que se vendió a Fenosa y Endesa, in illo tempore, como el recurso mágico que transformaría Galicia en una «potencia energética». Durante más de 30 años llegaron millones de toneladas de carbón a los puertos carboneros de Ferrol y A Coruña para alimentar las centrales térmicas que daban a Galicia su récord productivo energético. Y como era tan grande, se instalaron empresas de consumo intensivo de energía (compran el kilovatio a un precio irrisorio si se compara con el que paga usted). Aquel castillo de naipes montado sobre fake industrias mineras gallegas soportaba además el tráfico portuario más importante de A Coruña y Ferrol, y de rechazo la obtención de aluminio a precios competitivos. Incluso a finales de 1980, con la Unión Soviética hundida, se compró aluminio a las repúblicas soviéticas a precio de saldo para mejorar el coste productivo de Alcoa San Cibrao. Pero todo acabó con la descarbonización promovida por el actual Gobierno para disminuir emisiones de CO2, de las que Galicia es contribuyente destacado. Y mientras, el resto de la industria española respiraba ayudada por los ilusos ecologistas, que hacían pasar a Galicia por la bête noir de los contaminadores del planeta en una cruel «jugada del Teto». En lugar de agacharse, Galicia producía energía y CO2 con carbones importados, mientras ellos se llevaban la energía eléctrica limpia para sus industrias. Pero todos los castillos de naipes al final se caen y Galicia ahora cambia CO2 por paro. Pero no hay que preocuparse. Si durante más de 30 años Galicia fue potencia energética con carbón importado y potencia productora de aluminio con bauxitas importadas, ¿por qué no seguir, al revés, el ejemplo de China? Importemos energía eléctrica limpia de Francia o de Marruecos. Importemos aluminio limpio desde China, Rusia, Australia o desde donde lo fabriquen más barato. No perderemos puestos de trabajo y recuperaremos el cetro de región española potencia energética y además limpia. Todo esto me dijeron desde el suelo aquellas dos talaveranas que me encontré paseando por Qingdao.

Por Juan Ramón Vidal Romaní Geólogo. Catedrático emérito de Geología de la Universidade da Coruña

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