Votar con mascarilla


Fueron los franceses los que exportaron la idea esa de votar con la nariz tapada. Lógico, ellos tienen la segunda vuelta y son muchos los que se ven obligados a escoger lo menos malo rezando para que no salga lo que cada uno de ellos considera lo peor. En España no estábamos acostumbrados a eso, porque, en nuestra joven democracia bipartidista, cada cual sabía muy bien a quién tenía que votar. De reprocharnos algo, en todo caso, se nos podría acusar de depositar la papeleta con los ojos tapados, como la ciega Justicia o como el niño Cupido, que reparte amor sin ponderar las consecuencias. También nosotros votábamos por arrebato, empecinamiento o capricho, y daba igual que la corrupción nos oliese en la puerta de casa, que ni cambiábamos de chaqueta, ni de desodorante, ni de siglas. Hasta que la basura llegó tan alto que hubo que inventar partidos políticos que prometiesen hacer limpieza, acabar con la casta, pasar por la quilla las desigualdades territoriales o recuperar las esencias patrias, cada uno a su manera. Y votar se convirtió en una partida de ajedrez, porque más que votar por el de uno, se votaba contra el otro, o contra el posible pacto del tercero con el cuarto o del primero con el segundo. Y así fue cómo se extendió por España la costumbre francesa de votar con la nariz tapada.

Pero ahora vamos a votar con mascarilla. Un voto higiénico y profiláctico que promete regeneración política en aras de un bien común: la salud de los ciudadanos y el respeto a sus muertos. No se lleven a engaño, que el lobo se enmascara con piel de cordero. Será raro votar en tiempos de coronavirus, con las piezas del tablero infectadas por la pandemia.

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