Besos


El de Rhett Buttler y Escarlata O’Hara -«ninguno de esos necios ha sabido besarte así jamás»-; el de Rick y Elsa después de París; el del sargento Walden y Karen Holmes revolcados en la arena de la eternidad; el de Marcello y Anita en la Fontana; el de Holly Golightly y Paul sin diamantes y al son de Mancini; el de la señora Robinson a Benjamin antes de que existieran las cougars; el de la simia Zira a un imponente Taylor-Heston de perturbadora textura zoofílica; el de Ghost, entre fálico y empalagoso; el de Pretty Woman para redimir a una fulana; el de Call me by your name, normalizador y veraniego; el de El diario de Noa, bien culebronero; el de Spiderman, electrizante; los de Titanic y Oficial y caballero. El de Dirty dancing. El de Tony Curtis y Marilyn Monroe en Con faldas y a lo loco, «besarla fue como hacerlo con Hitler», que dijo Curtis.

El fotografiado por Alfred Eisenstaedt en Times Square el 14 de agosto de 1945. El que le pidió Annie Leibovitz a Lennon y Yoko Ono. Y el mejor: el que captó Robert Doisneau en 1950 en París para la revista Life, con su encantador chispazo de amor en la calle que en realidad, después se supo, fue un posado argallado sin que el truco le restara a la instantánea ni un gramo de su magia.

Hasta el de Honecker y Breznev, tan crepuscular y tan mal entendido en Occidente, ese besaco de barba y papada que anticipó un mundo nuevo.

Picos, morreos, besos franceses, diligentes muaks, ósculos poéticos, fingidos, sexuales, arrebatados, robados, eternos, con lengua, con mordisquitos, besos, besos.

Pandemia nos dejará también un verano sin besos en el cine, eliminados por decreto sanitario de los rodajes. Esos besos didácticos, emocionantes, inspiradores, envidiados, desafiantes. Besos sin los que ya no podríamos vivir.

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