Un médico

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

ED

10 may 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Cuando, a raíz de la epidemia, empezaron a aparecer tutoriales que explicaban cuál era la manera correcta de lavarse las manos sonreí con la suficiencia de los enterados. Yo me he lavado las manos siempre como un profesional, porque me enseñó un profesional: mi padre. Cuando era niño me vio metiendo las manos debajo del grifo y sacándolas con la rapidez de un gato escaldado, y me dijo: «Así non é». Y entonces me explicó la cuidadosa mímica de los médicos -él lo era-, que a mí, en su elegancia, me pareció como la de los prestidigitadores. Y hasta hoy.

Además de que resultó un conocimiento útil, hace que me acuerde de mi padre cada vez que me lavo las manos. Así que últimamente pienso en él el doble de lo normal, yo diría que unas quince o veinte veces al día. Sobre todo porque, cada vez que me encuentro con las manos enjabonadas, miro mi cara en el espejo y constato que me he convertido en él, físicamente.

Ayer me acordé de un día de hace muchos años en el que llegó tarde a casa a comer. Me contó que había tenido un caso complicado: una joven toxicómana contagiada de sida a la que había que operar de urgencia en ginecología. «Y no solo tenía sida, también tuberculosis, gonorrea, sífilis, hepatitis…», y siguió recitando un catálogo interminable de enfermedades contagiosas como quien repite los ríos de España. Dejé de comer. «Había algunos compañeros que, considerando el riesgo y que estaba ya agonizando, aconsejaban no operar -me explicó mi padre-, así que me fui a la cafetería, a pedir voluntarios».