Saturados


En las últimas semanas de confinamiento, dicen, empiezan a asomar síntomas de saturación informativa, de hartazgo. Tantísimos muertos diarios, el baile de contagios, esa locura de vacunas prometedoras, los sistemas nuevos para identificar el virus, el tráfico alucinante de mascarillas que funcionan, no funcionan o protegen solo en parte; las previsiones sobre el PIB y la tasa de empleo que empeoran país por país, zona por zona, un día tras otro; el miedo a una segunda oleada en otoño; los intríngulis dudosos de la vuelta escalonada a una normalidad llena de imprevistos; la teorización sobre los efectos que producirá la pandemia en la sociedad internacional, en la nacional, en la autonómica y en la comunidad de vecinos. Sin contar bulos y contrabulos.

La misma saturación es un problema grave, porque puede producir desánimo -«Es imposible saber qué pasa, así que ni lo intento»- o porque la cantidad abrumadora de información imposible de procesar suplanta la decisión libre, de modo que podemos caer en perfectas contradicciones de un día para otro en función de lo que escuchemos. Esto ocurre más en personas sin principios, sin criterios claros acerca de qué está bien y qué está mal. Decidirán cada día según los aires del momento, según quien les diga antes algo convincente o, sin más, algo que puedan entender. A veces bastará una simpleza verosímil.

Por eso la sobredosis informativa actúa como la de las drogas: enajena y desplaza al sujeto hacia mundos irreales, confortables mientras dura. Entumece la capacidad de decidir y, como consecuencia, merma o destruye la libertad personal. En esa zona debe operar el periodismo de calidad. Y donde no esté, se le espera.

@pacosanchez

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