Los sueños del virus

Miguel Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

Todavía estamos en el pico de la curva, que es como se llama ahora a los muertos. El futuro es tan incierto como hace semanas. Y, sin embargo, ya hay muchos que, recuperados del desconcierto inicial, empiezan a imaginar qué traerá esta epidemia cuando acabe, y lo hacen incluso ilusionados. La mente humana es así: busca un sentido a todo. Los antiguos, cada vez que caía sobre ellos una plaga o una guerra, lo interpretaban a la vez como un castigo merecido y como una invitación saludable a comportarse mejor. Nuestra sociedad, que quizás no sea menos supersticiosa, también quiere creer que cualquier hecho extraordinario debe, por fuerza, tener consecuencias extraordinarias. Y que esas consecuencias serán justamente aquellas que cada uno desea.

De modo que ahora mismo hay muchas personas encerradas en sus casas que proyectan en esta epidemia sus sueños y esperanzas. Para algunos, se trata de aspiraciones muy modestas, en el fondo conmovedoras. Creen que, esta vez sí, por fin, el confinamiento les hará ser más metódicos con la bicicleta estática, o que les permitirá para siempre trabajar en pijama desde casa. O que la epidemia hará que sus chicos adolescentes se vuelvan responsables, o sus hijos rebeldes niños estudiosos; mientras que ellos, por su parte, sueñan con el aprobado general de la ministra Celaá, que está luchando para que ningún alumno humille a los demás a base de sacar mejores notas.

Pero otros albergan sueños mucho más ambiciosos. Son profetas de ojos encendidos que normalmente se ocultan en vidas prosaicas, pero que en situaciones como esta ven despertar en ellos una extraña pasión apocalíptica, y, justo antes de dormir, en el espacio íntimo y silencioso que los niños de antes reservábamos para rezar el «Jesusito de mi vida», le suplican a esta pandemia. Le piden que cambie el mundo de manera radical, y lo transforme en ese paraíso que ellos están convencidos de que es posible - y también convencidos de que, esta vez sí, por fin, será un paraíso. Dependiendo de las inclinaciones de cada uno, le piden al bicho que nos haga radicalmente solidarios, o radicalmente patriotas, le piden que extirpe radicalmente nuestro materialismo o que nos haga más ahorradores, o más amantes de los animales, o más conscientes del cambio climático. Y así, sin pretenderlo, le están rezando a un virus. No se dan cuenta de que elevan sus plegarias a un microbio que solo quiere hacernos daño, a un simple patógeno cuyo único poder es este de enfermar y matar.

Para ser justos, la propia sociedad alimenta estos sueños de redención. La televisión y la radio relatan sin parar historias positivas, de nobleza en medio de la adversidad, y la gente acaba creyendo que la una es consecuencia de la otra. Nos repiten que «esto saca lo mejor de nosotros», obviando que la suma total de ese «mejor» no ha aumentado, sino que ya estaba ahí. Olvidamos que, en esta clase de situaciones, nos ocultan las historias negativas, los dramas que no dejan margen al optimismo antropológico, las verdades duras y sin consuelo. No queremos aceptar, en fin, que el ser humano es lo que es: por desgracia tiene un lado malo, pero por suerte lo que tiene de bueno es mejor de lo que creen los profetas de ojos encendidos. Si hay guerras o epidemias, el ser humano sufre. Luego se acostumbra. Y, cuando todo termina, vuelve a ser lo que era, con sus virtudes y sus defectos. Y quizás sea mejor así. Porque nada ha causado más crímenes en la historia que los intentos de hacer que seamos perfectos de una vez por todas.